NO ENSUCIAR EL SALPICADERO CON LÁGRIMAS / 1

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Marido y mujer. Uno para el otro, en la riqueza y en la pobreza. Pero resulta que ahora la mujer ha ganado la lotería y como no la quiere compartir (y no tiene por qué) con su amante esposo, pone los pies en polvorosa. Polvorosa es la casa de verano del amigo común Johnny, que no dudará en acostarse con la mujer si esta se aviene. Y se avendrá, pero en el 2047, cuando ya nada de lo que ahora estoy contando importe. ¿De acuerdo?

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Sin descanso. La mujer en Polvorosa no lleva una vida muy alegre, más bien al contrario: allí su vida es extraordinaria. Se levanta cuando deja de tener sueño, se acuesta cuando se le cierran los párpados. Johnny no le molesta porque hasta el 2047 no interesa para nuestra historia. En Polvorosa, la mujer, y cualquier mujer, y todas las mujeres del Planeta Tierra, es y son feliz y felices. No hay otro calificativo posible. A no ser que sea el de “infernal”: Polvorosa es un sitio aburrido que ha perdido todo el interés para una mujer recién independizada con millones y millones de billetes en los bolsillos de su falda de terciopelo azul, como la canción, y como la película también. Y como en la película, pero quizás no como en la canción (salvo en la versión portuguesa), la mujer encuentra un hermoso pabellón auditivo, o peor dicho, una oreja, o peor aún, un orejón, con un no menos hermoso pendiente de oro blanco. La oreja díscola no es muy importante, todos nos hemos topado con una alguna vez (de hecho, siempre es la misma), pero el pendiente, ¡ah, el pendiente!… Pues tampoco, la verdad, porque un pendiente huérfano ya me dirás tú para qué sirve. ¿Y dónde está ahora nuestra protagonista? No lo sé.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Y acaba viniendo, porque tengo que continuar explicando su historia, que por incongruente, no deja de ser menos cierta. Recapitulo: la mujer se aburre, como cualquiera lo haría, en Polvorosa, la hermosa mansión de Johnny, el fornido futuro amante, que vuelve a su hogar y lo encuentra todo revuelto. ¿Ha pasado un huracán? No, simplemente una mujer desordenada, que también las hay, y muchas. Aunque huelan bien, ensucian más. Y ahora el pobre, con lo macho que él es, tendrá que limpiar su casa durante dos días con sus dos noches y sin cantar, porque los machos no cantan ni cuando tienen que limpiar. Y mucho menos en francés.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Pero, a veces, no. Y cuando no, es difícil no hacerse el interesante, que es como decir que las rosas son rojas y el cielo es azul porque Charles Darwin se equivocó de profesión. ¿Y qué es una profesión sino una equivocación? Trabajar es el gran error de la humanidad: con lo divertido que es ganar dinero sin hacer nada. En eso piensa la mujer ahora que está pornográficamente forrada: de las tetas a la vagina, toda ella con un precioso vestido corto hecho con billetes de 20 dólares.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Buscando una explicación a su desdichismo, que aunque sea una palabra que no existe, no por ello hace que la dama sea menos desdichada. Una gran tragedia. No griega, pero tragedia al fin. Con muertos y con disparos de cañón y con un final lleno de lágrimas de cocodrilo y de locos con bocinas atronantes (de ellos estaban plagadas las grandes tragedias clásicas). Pues eso, desdichada hasta el tuétano. ¿Y por qué? Ahora lo sabremos. No cambien de canal.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Este es todo el diálogo que hay en la historia. La mujer no quiere venir porque sabe que el hombre volverá a cortarle las uñas de los pies sin su consentimiento, algo que nadie debería permitir nunca (y menos si se hace rápido y bien). Pero mucho peor si se hace regular. No, no hay solución. Inadmisible. Por eso ella huye; porque se siente atrapada por un marido posesivo que le corta las uñas y limpia la casa y la quiere como nunca ha querido a ninguna antes y la cuida hasta lo impensable. Y que le quiere arrebatar todo el dinero, sí, eso también.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Claro. Así siempre. Por eso ella ha de huir bien lejos, con su fortuna. Y llega a Dinamarca; pero a la del siglo XXXI. Mira tú si ha llegado lejos. Ya no hay nadie en ese siglo (y menos en Dinamarca, donde no hay nadie ya ahora): está sola, completamente, a veces, y quizás también, no completamente sino un poco. Se compra un barquito para navegar por ese Mar del Norte vacío. Ningún pesquero cazador de ballenas que se interponga en su camino. Ni hombres, ni mujeres, ni zapatos viejos, ni ballenas, claro (las debieron de cazar todas, piensa feliz). Pero se equivoca: se han ido de copas con sus captores. Y Darwin no sabe nada de todo esto. Ni se lo imagina.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. En color violeta y en color azul. En colores bonitos, se entiende. En color negro no, porque no es un color en primer lugar, y en segundo lugar porque a ella no le gusta el negro. No la hace más delgada, la hace más triste; por eso no le gusta. Y como ella ahora es feliz prefiere el rojo, y el encarnado, y el burdeos, y el granate, que son todos, como ya puedes imaginarte, el mismo color, porque ella es una mujer de costumbres.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Siempre que sale de viaje, claro. Y como sale de Dinamarca, pues ahora también. Lo que le pasa siempre es que se marea en los trayectos largos. También le pasa con los tragos largos: se marea y luego tiene que vomitar. Viajando, igual. Y en barco, no digamos. De hecho, no, no lo digamos, porque si nos oye, se pondrá muy malita… Vaya, nos oyó. Ahí está, deshaciéndose de su desayuno y de la cena de anoche y del suculento bistec que comió esperando que llegara la hora de cenar y después la hora de desayunar. Y todo está cayendo ahora por la borda, en una grácil catarata de colores, líquidos y sabores. Para aquellos a los que no les pasa, eso es lo más divertido de viajar en barco: asistir a cuando los otros vomitan. ¡Qué bien te sientes entonces, cuando sabes que, por lo menos comparándote con ese tipo, tú estás muchísimo mejor!

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Y al salir de Dinamarca, vuelve también al pasado, a la rutina y al sinsentido de vivir. Pero el dinero cura muchas cosas (ninguna que tenga que ver con enfermedades graves) y también cura el sinsentido que pueda tener la vida, y lo convierte en un sinsentido con muchísimas posibilidades: en un sinsentido en el que puedes dormir en la mejor habitación de hotel que jamás hayas imaginado; en un sinsentido en el que conduces un descapotable a toda velocidad por el centro de Manhattan; en un sinsentido que te permite cenar en las Bermudas y dormir en París; en un sinsentido que te consigue un sinfín de amantes y acompañantes interesantes o interesados; en un sinsentido en el que eres una estrella de la canción ligera y te salen hijos por todas partes. Esos sinsentidos sí que vale la pena vivirlos, aunque sea acostado y de mal humor.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. En las carreteras pasa, ¿por qué no en los mares? La soledad. Creo que ya he hablado de ella. Hablemos de otra cosa pues: hablemos de esa mujer que atraca en un puerto, quizás Ámsterdam, quizás Londres, y comienza a caminar y se encuentra con la muerte, que le dice que la vida es larga; y con la vida, que le dice que la muerte se le avecina. Y con el diablo, que le dice que Dios no existe; y con Dios, que no le dice absolutamente nada, porque no es guapo y, además, viste muy mal. Hablemos de esa mujer que vaga por las calles de Ámsterdam o de Londres, oscuras y llenas de fantasmas, y de vampiros, y de latas de Coca-Cola, porque la gente es muy sucia y lo tira todo al suelo. Hablemos del dolor de ovarios.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Llegando a casa otra vez, ella se da cuenta de que no puede vivir sin él, aunque no le quiera, y espere su muerte. Se da cuenta siempre de que no es una mala persona; pero como ella tampoco lo es, prefiere no volver con él: coge las pocas cosas que se dejó olvidadas y vuelve a la carretera, que nunca la traicionará ni la engañará con otra ni le querrá quitar el dinero… El dinero, es verdad, el dinero. ¿Qué hago con todo este dinero que gané de una forma tan poco loable como divertida? La lotería, qué gran negocio, piensa, y luego no piensa en nada porque el sueño la abate.

(CONTINÚA…)

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