NO ENSUCIAR EL SALPICADERO CON LÁGRIMAS / y 2

- ¡Ven!

-¡No!

Así, siempre. Siempre que enciende un fuego. Se quema. No lo puede evitar, se le da muy mal ser una girlscout. Si ella está hecha para encender algo es la vitrocerámica, y también para poner en marcha el aparato de DVD, y para contar las estrellas desde su balcón; pero no para vagar por esos mundos, cazando conejos para comer y cocinándolos con fuegos improvisados. Eso no va con nadie, piensa. Bueno, quizás con los aventureros. Pero sólo con los grandes. Marco Polo y esos. No con Cristóbal Colón, porque ella cree que era un hombre con un peinado horrible y eso no es sexy. Marco Polo, ese sí; con su melena al viento, embadurnada de papaya china y de mangos, olorosa. Un primor.

- ¡Ven!

-¡No!

Así, siempre. Eso es lo que ella le dice a los que consideran que es superficial. ¡No lo soy!, les grita. Y es verdad, cada uno es como es. Su marido es un idiota y nadie le ata a la cama y le acribilla con una metralleta, ¿verdad? Aunque se lo merezca y ella sepa cómo y cuándo hacerlo. A decir verdad, ahora mismo le está apuntando y como las cuerdas están bien sujetas, será muy difícil que se escape. Pero, en el último segundo, piensa… ¿Por qué? ¿Tanto le odio?… Sí. Y dispara una ráfaga interminable de violentos y finales besos de la muerte.

- ¡Ven!

-¡No!

Así, siempre. Siempre que tiene un sueño, acaba matando a alguien. Se despierta diciendo: “He soñado que mataba a mi madre, y a mis hermanas, y luego me tiraba por la ventana”. Se despierta y se da cuenta de que la vida es bastante bella, no tanto como en la película del italiano chillón, pero lo suficiente como para no volarse la tapa de los sesos cada vez que se despierta. Piensa: “Un momento… Creo que soy feliz”, y continúa con su camino. Llega a Brasil, y luego hasta más allá; hasta la luna, y luego hasta más allá, a planetas desconocidos con nombres que jamás sabremos pronunciar. Llega a un lugar desierto, un lugar sólo para ella, un lugar puro, blanquísimo, como un pañuelo casi, como una sábana, o como un pañuelo y una sábana juntos, recién lavados con lejía, en la misma lavadora, mezclados, oliendo a lavanda o a lo que sea que huelen las cosas blancas que se lavan juntas. Un lugar remoto, incivilizado, vacío de gente y de anuncios de publicidad. ¿El paraíso? Un lugar donde la pasta siempre se cocina a la carbonara y en donde el atún no se acaba nunca. Un lugar en el que Marlon Brando sigue haciendo películas y las rosas huelen a golosina y las golosinas a agua de rosas y el agua a leche y la leche no huele a nada, o sea, a agua. En definitiva, un lugar sólo para ella… Aunque creo que eso ya lo había dicho.

- ¡Ven!

-¡No!

Así, siempre. Él la mira, le dice que suba al coche, que nunca más será tan poco comprensivo y ella asiente. Sube al coche. Él le recuerda que la quiere y, sonriendo, en broma, le aconseja no ensuciar el salpicadero con lágrimas. Ella se tranquiliza, vuelve a confiar. Sí. Pero el boleto de lotería continuará a buen recaudo: cualquier día puede que tenga que utilizarlo.

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