EL AZOTE DEL GÉNERO FEMENINO / 1
Nuestro Henry Singular era uno de esos hombres que siempre lo saben todo. Uno así como Winston Churchill, o como Albert Einstein, o como el profesor de matemáticas de la escuela. Gente lista, pero no tanto. ¿Sabría Albert Einstein la respuesta a por qué le pegaba ese chico alto y fuerte de 2º C con el que nunca cruzó una palabra y sí un sinfín de puñetazos? ¿O acaso Churchill encontró alguna explicación a por qué las mujeres siempre lo abandonan a uno cuando más enamorado está? Henry era un erudito, un hombre perfecto en su campo, pero un ignorante en los campos de los demás. Era un escritor de éxito, con tantos premios como dedos tienen los habitantes de Wisconsin; pero le faltaba picardía, y chispa, y mala uva. Le faltaba ser más malo. O, por lo menos, serlo algo.
En cambio, para compensar, Henry tenía un don de valor incalculable: podía recitar de memoria cualquier anuncio que viese por televisión. Lástima que al ser un erudito de pro, no tuviese ningún receptor en casa, por lo que su don últimamente se veía bastante mermado. En cambio, Henry desarrolló la capacidad de volar, lo que lo hacía casi tan especial como por su don de recordar eslógans.
En uno de sus viajes, conoció a Sarah, una dama de bellas piernas y horrendas maneras, que lo sumió en una depresión el día que decidió abandonarlo por otro hombre: su contrincante era un ser que podía medir cualquier distancia a ojo, sin equivocarse en un solo milímetro. Henry buscó y buscó a su amada durante siglos (todos los que le permitió su inmortalidad, otra cualidad que descubrió mientras fregaba las rayolas de la cocina), hasta que consideró que ninguna mujer, por hermosa que fuera, merecía dedicarle tanto tiempo. Podríamos decir que Henry Singular se convirtió en un misógino. Una pena.
La misoginia es esa cualidad que tienen algunos hombres para despotricar de las mujeres, sin que parezca machismo. Henry se hizo un experto en ese arte, todo lo que su coeficiente intelectual de 490 le permitió. Daba conferencias, asistía a reuniones (siempre como el invitado de honor), escribía libros, relatos y cuentos absurdos, redactaba memorandos y coleccionaba sellos, todo relacionado con su profundo odio hacia el género femenino. Y durante todo el tiempo que le dedicaba, jamás se le pasó por la cabeza que pudiera estar equivocado.
“No valen la pena”, se decía. Así, en general.
Una tras otra las iba rechazando y catalogando: “Tenemos a la mujer de bellos ojos y corazón de hierro; tenemos a la “mujer elefante” que te pisotea sin miramientos; tenemos a la “mujer esquizoide” que te apabulla con gritos sin saber la causa; tenemos a la “mujer interesante” que te utiliza para sacarte la sangre y vaciarte la cuenta corriente…”. Llegó a tener más de 4.000 especies de mujeres distintas, cada una de ellas con su idiosincrasia particular, ninguna de ellas apta para ocupar un lugar en su atribulado corazón.
(CONTINÚA…)