EL AZOTE DEL GÉNERO FEMENINO / 2

Ahora esta historia debería dar un giro y continuar con un “Pero un día se topó con una mujer que no representaba peligro alguno y a la que no sabía en qué cajón archivar”, pero entonces pasarían dos cosas: 1) se acabaría este cuento y 2) lo que es peor, se acabaría con un final feliz. Evidentemente, Henry debería enamorarse de la mujer que no entrara en sus siniestros esquemas. Sigamos un poco más hablando mal de las mujeres: al fin y al cabo, Henry también tenía la maravillosa cualidad de olvidar las cosas que no le interesaban.

Como su afán vengativo no conocía límites, se propuso a sí mismo acabar con todas las mujeres, y hacerlo literalmente. Quería exterminarlas, borrarlas de la Historia (así, con mayúsculas) definitivamente, de la pasada y de la presente. Que su existencia no hubiese sido más que un rumor lejano. Tal era su rechazo hacia las féminas. Ideó un plan infalible: acabar con las épocas de rebajas, lo que provocaría un colapso tan grande en sus cerebros que las fulminaría en el acto. Se puso de acuerdo con las mayores cadenas de multimarcas para que eliminaran de sus promociones dicha acción de marketing… y lo consiguió. Eso sí: tuvo que convencerlos de que en vez de “Rebajas” le pusieran otro nombre, por ejemplo “Casualidades”, lo que confundió tanto a las damas que comenzaron a no ir de compras en esas fechas tan señaladas. Con lo que no contó el pobre Henry Singular fue con que a él tampoco le harían descuento en sus pantalones de pana, lo que le molestó sobremanera. Sin embargo, cualquier sacrificio era aceptable si con él desmembraba a la civilización de tan aberrante y perfumada especie.

Y, en efecto, una a una fueron cayendo, desplomándose en el suelo como hermosos sacos de patatas. Quizás más que la no existencia de las rebajas, lo que les molestaba era que Henry las acuchillara con una navaja de carnicero y quizás (sólo quizás) esa era una razón mucho más evidente que explicaba per se el progresivo exterminio del género femenino sobre la faz de la Tierra.

Henry recorrió los siete mares y los millones de países, descuartizando, acuchillando, mordiendo, tiroteando y aniquilando a cualquier mujer adulta, joven o niña que fuera encontrando a su paso. Muchos podrían pensar de él que era un vil asesino, pero su cualidad para convencer a la policía de cualquier cosa que se le antojase conseguía que su práctica genocida fuera bien vista a todos los efectos.

Ni que decir tiene que (ahora sí) un buen día se encontró con la mujer que borraría de un plumazo su concepción de las hembras… pero no sería en esta década, ni tampoco en esta centuria. Henry siguió dilapidando el recuerdo de que alguna vez hubo alguien, con cintura esbelta y montura de gafas de color rosa, que nos hacía perder la cabeza, las llaves y hasta algún tren de cercanías. Batallones de hombres solteros marchaban felices e ignorantes: ¿era cierta esa leyenda urbana de que había en algún lugar un par de mechones rubios que podrían obligarle a uno a arrodillarse para pedirlos en matrimonio?

Por supuesto que no: Henry ya se encargaba de que esa leyenda no fuera cierta. Seguía con sus conferencias, con sus relatos sesgados, con sus historias para no dormir y con sus piruletas de menta (esa era otra cualidad: comer tantas como se le antojara), siempre desmintiendo cualquier teoría o pregunta que situase a un ser con hermosos pechos y anchas caderas al otro lado del cristalino espejo.

(CONTINÚA…)

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