SOBRE LA DIFICULTAD DE ENCONTRAR UN TAXI EN FINLANDIA / 2

Basándose en la teoría, remota y seguramente equivocada, de que Magnus tenía unas ganas locas de subirse a un taxi y que le diera una vuelta por el centro, el Dr. Halonen convenció a su yerno Matti para que se los llevara de paseo a él y a su madre. Esa era su última opción: si eso fallaba, Magnus sería un caso crónico y sin remedio. El coche de Matti era un utilitario con rejilla para perros: evidentemente, colocaron detrás a Magnus y mientras su madre, en el asiento del copiloto, intentaba calmarle tirándole golosinas a la cara. Según el Dr. Halonen, eso era algo que funcionaba 9 de cada 10 veces, pero con Magnus, la estadística reventó: no sólo bajó del coche gritando “¡Taaaaxi!” con más ganas que nunca, sino que se enzarzó en una agria disputa con Matti porque según él, Jari, el delantero centro de los Killers de Mikkeli, no sabía defender.

- Señora, ¿tuvo su hijo una infancia feliz?
- Todo lo feliz que puede ser la infancia de un finlandés.
- ¿Le pegaban con la escoba?
- Por supuesto.
- ¿Alguna vez le obligaron a comer cangrejo en mal estado?
- ¡Claro que sí! La pregunta ofende…
- Pues entonces, no entiendo qué extraña desviación tiene su hijo.
- ¿No será que quiere coger un taxi para ir a algún sitio?
- Lo dudo. Sería demasiado fácil, y en el primer párrafo del cuento ya se dice que su hijo no es un hombre fácil.
- ¿Y qué puedo hacer? Es muy duro ver sufrir tanto a un hijo.
- Péguele un tiro.
- No podría… La última vez casi se nos muere.
- Pues sólo nos queda una solución.
- ¿Cuál?
- Simple: ustedes se largan y yo me tomo un Martini blanco y unas patatas.

En el trayecto de vuelta, que podrían haber hecho en taxi pero la madre consideró que su hijo tenía que aprender que la vida es dura (por eso fueron en tren de Cercanías), Magnus gritó al revisor, y también a unos ancianos que se sentaban delante, y a una señorita muy guapa y muy finlandesa que ocultaba un secreto oscuro y pecaminoso. A todos ellos les increpó para que no fueran por la 42 con Maine, sino que giraran a la derecha y subieran por el puente de George Washington. “Realmente, pensaron todos, así llegaríamos más pronto a casa”.

De regreso al hogar, en un alarde de inteligencia, el mayordomo de la casa, el buen e inteligente Aki, después de disparar una ráfaga de advertencia que destrozó todos los cuadros que conformaban la exquisita colección privada de la familia, convenció al señorito Magnus para que salieran al jardín: disfrutarían de un agradable paseo, y de paso mantendrían una reveladora charla.

- ¿Es usted feliz señorito Mangus?

- ¡Taaaaxi!

- Eso creía. ¿Ha comido alguna vez vainilla con fresas?

- ¡Taaaaxi!

- ¿Le gustaría ver Madrid?

- ¡Taaaaxi!

- ¿Qué tal su mujer?

- ¡Taaaaxi!

- Hum… ¿Y piensan tener hijos?

- ¡Taaaaxi!

- Sí, es verdad: Alejandro era un gran emperador.

- ¡Taaaaxi!

(CONTINÚA…)

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