LA AZAROSA VIDA DE UN CABALLERO AUTÉNTICO / 3
El caballeroso acabó dejando las enciclopedias: le costó lo suyo, tuvo que hacer terapia y todo, pero al final lo consiguió. No dejó en cambio la droga, ni el alcohol, ni el tráfico de fotos porno. Un martes (o un jueves) entró a trabajar como Teniente Coronel de las Fuerzas Armadas… pero como no le gustaba tener que levantarse tan temprano, se conformó con ser cabo. Cuando le dijeron que los cabos también se levantaban temprano, dejó el ejército definitivamente y, hacia las seis de la tarde, se hizo novelista: escribió siete best sellers, un cuento para niños y 621 recetas de cocina, todas ellas copiadas. Mientras, Rita intentaba curarse su ninfomanía galopante asistiendo a clases de croché. Se acabó acostando con la profesora; Nora seguía siendo una santa y Martín logró que lo condenaran a la silla eléctrica por matar a 30 reclusos, cuando nadie miraba. Precisamente, como nadie lo vio, lo absolvieron, lo pusieron en libertad, le ofrecieron un trabajo como oficinista que en cualquier momento puede sufrir un ataque de esquizofrenia, mató a 27 compañeros de trabajo y volvió a la cárcel… más o menos sobre la hora en la que el caballeroso se hacía escritor.
Un jueves (o un martes), Helen, la ex, se presentó en su casa: traía consigo a sus hijos y al viejo del sofá. Le dijo, “¡Ahí los tienes, tuyos para siempre!”, y se fugó con su psicoanalista, el cual tenía graves problemas de personalidad: el lunes era un proxeneta chivato de la policía, el martes y el miércoles era el que muere el primero en todas las películas de miedo, el jueves era un camarero que estudiaba para actor y/o bailarín, el viernes hacía de silla en una tienda de muebles, y el fin de semana era el delantero centro que siempre da positivo en los anti-doping. El caballeroso se quedó un minuto mirando a sus hijos y como no los reconoció, pidió al juez que se los devolvieran a la madre. Ella tampoco los reconoció, y eso que llevaba sus gafas nuevas. Los niños se hartaron de esperar a que sus padres se pusieran de acuerdo, se fugaron, montaron una empresa de forjados metálicos, entraron en bolsa y se hicieron ricos en un tiempo récord. Se casaron todos ellos con modelos anoréxicas, cada uno tuvo un número indeterminado de hijos, un número indeterminado de nietos… y así, sucesivamente. El caballeroso y el señor del sofá, en cambio, acabaron haciendo muy buenas migas: iban de pesca juntos, montaban en los caballitos, asistían a galas benéficas a favor de los necesitados, hacían llamadas obscenas a ancianitas solitarias y robaban estatuas de las iglesias. Como el caballeroso se dio cuenta de que últimamente estaba un tanto traicionando sus principios, mató al señor del sofá (de una forma muy amable, claro: primero le pidió permiso) enterró el cuerpo y nunca más se supo. El caballeroso empezó a deambular entonces por los parques del siglo XIX, buscando damas a las que ayudar, mujeres a las que seducir y niños a los que ofrecer piruletas. Allí conoció a Rita, una devorahombres veinteañera, con desdoblamiento de personalidad, trastornos psicosomáticos y un lunar en la mejilla. En el parque, en cambio, no conoció a Nora, que era una santa; ni a Martín, que excavando un túnel bajo la prisión tuvo tan mala suerte que fue a topar con la tubería del gas, hizo estallar el recinto y, lo que es peor, tuvo que pagar los desperfectos.
(CONTINÚA…)