LA AZAROSA VIDA DE UN CABALLERO AUTÉNTICO / 4

Rita y el caballeroso comenzaron a vivir juntos: él le preparaba el desayuno, y ella lo engañaba con el vecino del tercero primera; él fregaba los platos, y ella se acostaba con el carnicero de la esquina; él preparaba la cena, y ella tenía una aventura con el convicto (y a ratos ex-convicto) Martín. Sin embargo, nadie era más feliz que entonces el caballeroso. Dicen que la ignorancia tiene esas cosas. Un día, estando los dos en casa, algo raro de verdad, se apareció sobre el televisor el señor del sofá: le preguntó al caballeroso si había visto su reloj, porque no lo encontraba dentro de su fosa, el otro respondió que no y volvió a desaparecer. Al cabo de unos días, el caballeroso se fue de casa, pues sorprendió en la cama a Rita con el etéreo señor del sofá: al parecer, mientras él estaba en un motel dando piruletas a cinco niños, el señor del sofá se apareció sobre la mesita de noche buscando su radio portátil (porque ese día jugaban la Superbowl y no se la quería perder) y Rita le dijo que ya que estaba allí, podían tener una relación sexual extrasensorial pasajera, superflua y sin compromisos de ningún tipo. Al señor del sofá le pareció bien… y hasta se le olvidó lo del partido. Entretanto, Nora seguía tan santa como siempre; y a Martín le daban una celda nueva: la estrenó escapándose dos horas después. Lo pillaron al día siguiente en un videoclub, cuando alquilaba “La fuga de Alcatraz”, “Cadena perpetua”, “La gran evasión” y “Ghost”. Por alquilar ésta última, le impusieron siete años más de condena a trabajos forzados.

Solo, sin amor, perdido en la ciudad, el caballeroso se refugiaba de la lluvia bajo un puente. Para agravar su pena, un coche lo mojó al pasar, dos rateros le robaron los zapatos y la cartera, una niña le pegó dos patadas en sendas espinillas, un rayo derribó un árbol pillándolo a él debajo, perdió 40 millones (que no tenía) en el casino y la policía lo confundió con un recluso fugado. Estuvo en la cárcel hasta que al día siguiente detuvieron al reo en un videoclub. Le pidieron disculpas por las molestias y lo devolvieron al puente bajo la tormenta. En el puente, un cazatalentos lo fichó para hacer de payaso en un programa de la tele: lo tenía que presentar. Se convirtió entonces en una superestrella: las mujeres lo adoraban, los hombres lo adoraban, los niños ansiosos de piruletas lo adoraban, los perros lo adoraban, los bebedores compulsivos de vodka con lima lo adoraban… A los únicos a los que no les caía bien era a los que buscaban chatarra en las playas, no se sabía por qué. Su vida dio un giro espectacular, de unos 10º. Ahora parecía que las cosas sí le comenzaban a funcionar, aunque no para Rita, que se separaba del etéreo señor del sofá, de nuevo a causa de la infidelidad… pero esta vez de él, con una profesora sueca de aeróbic. Nora, por su parte, seguía muy santa; y Martín se apuntó a cursillos de teatro en la prisión y aprovechó la noche del estreno para hacer mutis por el foro.

Tanta fama para el caballeroso acabó abrumándolo: dejó el mundo de la televisión, cobró su prima por inutilidad y se compró una casita en el campo para él y su nueva novia, una azafata del programa con grandes atributos, delicadas manos y debilidad por todo lo que tuviese relación con la Segunda Guerra Mundial, sobre todo si era ario, fan del heavy metal alemán y experimentase genéticamente para conseguir una raza superior. La azafata montó en casa un altar muy bonito, con velas aromáticas y fotos de Hitler, que dejaba visitar asiduamente a todos sus amigos, llamados Günther, Hans o Adolf. El caballeroso, mientras su novia organizaba reuniones secretas para dominar el mundo, se encargaba de quitar el polvo de las estanterías, o de aprenderse de memoria las instrucciones del vídeo, o se iba de compras. En la cola del supermercado conoció a la hermosa Nora: ella era una santa, no había roto nunca un plato, amaba a todos los seres sobre la capa de la tierra y era tan buena que Dios le hizo engendrar una hija que después se llevó con él, para que predicase su Palabra por todos los confines de la Galaxia. La palabra era “pato”. Nora no caminaba, sus pies siempre estaban a un metro del suelo, lo que supone un gran problema cuando tienes que empujar un carrito por una serie de pasillos laberínticos, buscando latas de conserva y bolsas de patatas. El caballeroso se ofreció para ayudarla y eso hizo que se conocieran mejor, se gustaran y empezaran a salir: iban al cine, siempre en la última fila, porque ella levitaba y no dejaba a nadie ver la película; también iban al fútbol, pero gratis, ya que ella lo agarraba y miraban el partido desde fuera, mejor que en la tele… Era un cuento de hadas. En ese momento, el caballeroso se acordó de que había dejado a su novia sola en casa con un grupo de hombres armados, de pelo rubio y metro noventa y siete… y en la cocina un pollo en el horno. También se había dejado el gas abierto y una llama ardiendo muy cerca, cosas que pasan. Cuando regresó a casa, ésta había volado por los aires, y con ella, ellos, y ella, o sea, ellos, es decir, todos. El caballeroso se apenó un segundo (“Era un poco nazi, pero estaba muy buena”) y volvió con Nora, que lo recibió con los brazos abiertos y en cruz. Fueron felices durante 7 años y 7 meses y tuvieron 12 hijos, todos ellos varones. El día en que Nora cumplió 33 años, abandonó al caballeroso para irse de misionera al África Central y no se volvieron a ver nunca más. Se llevó a sus 12 hijos con ella y, todos juntos, se pusieron a predicar en el desierto la Palabra de Dios. Como era de esperar, nadie les hizo caso y acabaron dedicándose a la televenta de aparatos inservibles de cocina.

(CONTINÚA…)

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