EL HOMBRE CERO / 1
Hay un bar en Praga que se llama “U Pivnice” en el que se acaban de encontrar tres amigos de la infancia, de turismo por la capital checa. Escuchemos lo que dicen.
PAUL - Tengo 32 años y aún no he encontrado al amor de mi vida.
NICK - Complicada situación. Pero yo la supero: aún no he completado ningún puzzle de 1000 piezas.
FRANK - Yo gano: hace dos años que vivo la vida al revés.
Todo comenzó el día de mi 30 cumpleaños, aunque, a decir verdad, yo no me di cuenta de nada hasta un año después. La vida era tan monótona como os podéis imaginar. Cada día era tan igual al anterior, que daba lo mismo vivirlos hacia delante como hacia atrás. No importaba que el día de mañana fuera en realidad el día de ayer. Levantarme, desayunar, trabajar, comer, otra vez trabajar, luego volver a casa, cenar con mi mujer, ver la tele, dormir y vuelta a empezar. Y yo no me daba cuenta de nada. ¿Y quién iba a poder hacerlo?
Hace un año, celebrando lo que yo creía mi 31 aniversario, una tarta, tan estúpida como inocente, sembró la duda: 29 velas en ella, cada una riéndose a carcajadas de mi desdicha. ¿Cómo podía ser? Revisé el calendario y en efecto: yo me sentía un año más viejo, pero vivía en un año menos. “¡Qué mala suerte!”, pensé. Ni siquiera el dios que estaba jugando con mi destino me dejaba el consuelo de, al menos, rejuvenecer.
A partir de entonces, empecé a darme cuenta de las cosas: conocía por primera vez a mis amigos de toda la vida, volvían modas pasajeras que recordaba como lejanas, y esos programas de la televisión que se retiraban por falta de audiencia se estrenaban ahora a bombo y platillo. No creáis: comencé a ver ciertas ventajas, como el hecho de esperar el día en el que decidir de qué color íbamos a pintar el comedor, para elegir uno distinto: la primera elección fue desastrosamente equivocada. Desventaja: yo ya no lo podría ver nunca.
Y no os penséis que ahora las cosas han cambiado tanto: la gente acostumbra a sobrestimar la existencia. Sigo viviendo a paso de tortuga, cada día el mismo aburrimiento, con la única diferencia de que ahora sí me doy cuenta de lo que está pasando. Trato de cambiar cosas, ya os digo, pero la mayoría del tiempo tengo que seguir soportando la misma sordidez que soporta todo el mundo. Sólo que yo me río, por no llorar, y los demás no lo ven. Esa es mi única ventaja. Más ventajas: llegará un día en el que dejaré de soportar a mis suegros; y aquellos que se quedaron en el camino, volverán a mi vida otra vez como si nada.
Pero tampoco creáis que no me apenan muchas cosas, a decir verdad, la mayoría: mi mujer, a la que tanto quiero, saldrá de mi vida precisamente el día después de conocerla por primera vez, y la sensación en el estómago, el hormigueo que te recorre las tripas provocando cosquillas en cada poro del cuerpo después de ese primer beso, será sinónimo del fin de la relación. Evidentemente, nunca conoceré a mis hijos, si es que algún día habría llegado a tenerlos; y revivir el día de mi boda (por cierto, dentro de tres días) me obligará a soportar de nuevo la retahíla de camareros trayendo platos a ritmo de bachata.
(CONTINÚA…)