EL HOMBRE CERO / y 3

A la pena del abandono, le siguió la alegría de saberse capacitado para aprovechar hasta el final esa segunda oportunidad. Comenzó probando suerte en la música, durante un par o tres de meses, pero desistió cuando se dio cuenta de que cada día tenía que hacerle escuchar al público la misma canción, con la imposibilidad temporal de que quedase grabada en sus cabezas. Como actor tampoco le fue buen: siempre que pasaba un cásting, tenía que ser consciente de que aunque le diesen el papel, jamás podría interpretarlo al día siguiente. La pintura tampoco le funcionó como esperaba: cuanta más práctica tenía, más desconocido era para las galerías.

Optó entonces por actividades menos elevadas, como profesor de autoescuela, que aunque en efecto acabó por convertirse en una serie interminable de rutinas como las de antes, estas nuevas rutinas tampoco le llenaban.

¡Maldita sea! Si tengo que ser sincero, lo más divertido eran las aventuras de una noche: ¡era tan bonito prometer amor eterno! Y a la mañana siguiente… Un día, después de mucho tiempo, quise conocer de nuevo a mi mujer, volver a estar con ella. No reparé en que yo tenía 40 años y ella sólo 20, con un novio al que adoraba por entonces, y unos padres que jamás le habrían permitido una relación con un viejo verde mundialmente conocido por no ser bueno en nada de lo que hacía. Fui a verla a la puerta de su instituto: de allí salía, como tantas otras, con su carpeta abrazada y el andar pizpireto que utilizaba cada vez que había tenido un buen día. Si ella hubiera sabido que el hombre maduro al otro lado de la acera conocía al dedillo cada línea de su cuerpo y que aún retumbaban en su cerebro los pequeños y delicados gemidos que emitía cada vez que se excitaba, seguro que, aterrorizada, habría echado a correr calle abajo. No. Tuve que dejar las cosas tal y como estaban. Recordé el daño que debí de hacerle después de la segunda Noche de Bodas y…

Evitando futuras tentaciones, cambió de ciudad, y después de país, y después de continente. Recorrió Estados Unidos, predijo el futuro a los desprevenidos habitantes de Nueva York, pasó desapercibido en Toronto como tantos otros, dio algún que otro golpe de estado en Latinoamérica y se perdió durante diez días en la Antártida, hasta que lo encontró un grupo de investigadores del Cambio Climático: lo cogieron in fraganti deshaciendo bloques de hielo con fogatas improvisadas; huyó de la ley y se refugió en Australia, cazó canguros en Sydney y levantó la veda del koala, cancelada durante treinta lustros; en Japón, se convirtió al shintoismo y cantó (y bastante bien) en todos los karaokes de Tokio; luego llegó a Europa, recorrió Francia, paseó durante 100 puestas de sol por la eterna Roma, se peleó en Londres, lideró una marcha gay en Berlín, sedujo a la hija de un presidente albanokosovar, y mató mil noches bebiendo gintonics en España hasta las 5 de la madrugada antes de volver a su casa, más viejo y más cansado, pero también más feliz.

Como no creía en la inmortalidad, creyó oportuno el tener que alcanzarla como celebridad, al menos. Fue entonces cuando descubrió su misión final en este mundo: comenzaría a escribir un libro (esperaba que no se quedase en relato sólo) en el que explicaría paso a paso todas sus experiencias. “Aunque yo muera”, se dijo, “el manuscrito conseguirá que mis recuerdos perduren”. Eso sí tendría vigencia, pensó.

Durante diez años más siguió viviendo al revés, volviendo sobre hechos históricos que le habían marcado (tanto a él, como a toda su generación) y que, por edad, jamás había vivido. Conoció de primera mano el asesinato de presidentes, el alumbramiento de la era robótica, la pasión por John Travolta, el estreno de “Annie Hall” y el pavor durante la Guerra Fría. Todos esos acontecimientos quedaron fielmente retratados por su pluma irónica y sabia, fiel testigo de todo cuanto había sucedido.

Un día de 1955, sobre las siete de la tarde, sentado en una cómoda mecedora que vacilaba hacia delante y hacia atrás, suavemente, encontraron su cuerpo frío reposando tranquilamente con la dulzona sonrisa de aquél que se sabe, paradójicamente, lleno de vida. Fue enterrado sin grandes aspavientos en un cementerio cercano y en la lápida sólo acertaron a poner una escueta pero definitoria inscripción que rezaba: “Frank K, autor de El hombre cero”.

One Response to “EL HOMBRE CERO / y 3”

  1. Daniel Says:

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