Archive for August, 2008

Esta historia podría titularse “Jenny Pumpkin y la fábrica de chocolate”, pero evitaré hacer cualquier referencia a clásicos literarios y la llamaré, simplemente… OTRA HISTORIA DE AMOR Y DE MAPACHES / 3

Monday, August 25th, 2008

Eric Deltono buscó por todos los bares de la ciudad (incluso en aquellos cuyos cristales estaban lo suficientemente limpios como para poder ver su interior), y en ninguno de ellos dio con un tipo que pudiera satisfacer lo más mínimo a Jenny: a todos les fallaba algo, desde la pierna de madera del bueno de Buck, al ojo de cristal del antiguo domador de leones Cletus MacMahon, o incluso a la reconstrucción en hojalata del tórax de Tico Mackintosh, un extrovertido piloto de avión, además de asesino en serie. Deltono era incapaz de encontrar a uno sólo al que Jenny no pusiera pegas. “Esta chica es demasiado exigente”, se decía para autoconvencerse de que sus esfuerzos llegarían finalmente a buen puerto. Jenny, en cambio, lo que decía para autoconvencerse de que no necesariamente todos los hombres del universo eran unas criaturas mediocres y abominables era que “el universo, gracias a Dios, es endemoniadamente grande”.

Y en efecto, así era: el universo tiene una longitud de billones de años luz (eso si no resulta ser infinito), albergando en su sino un número indefinido de galaxias que a su vez contienen una cantidad no inferior a 100.000 millones de estrellas cada uno, seguramente muchas más. Por tanto, sí, el universo que Jenny soñaba era tan gigantesco que la cantidad de varones que podía encontrar en él ni siquiera podía calcularla. Aún había esperanza: de lo único que estaba segura era de que, fuera como fuese, el hombre que ella estaba esperando no vivía en Queens.

Puso de nuevo tierra de por medio y llegó a una pequeña ciudad del sur de México, en donde un anciano con una raqueta de tenis la invitó a “tocar unas cuantas bolas”, lo que ella rechazó por completo. Cuando el anciano se excusó y le explicó que lo que en realidad quería decir era que le parecía una mujer muy inteligente, Jenny se lo pensó mejor y aceptó acompañar al viejo durante una tarde entera y 50 minutos. Poca cosa pasó durante la tarde, pero los 50 minutos siguientes fueron de infarto: el viejo le desveló a Jenny el sentido de la vida, la fórmula de la Coca-Cola, por qué los peces no tienen memoria, el código genético con un porcentaje de error +/- del 0,8%, cuál era la comida rápida favorita de Hernán Cortés y cuántas mujeres hacen falta para cambiar una bombilla (esto último, un chiste horrendo que puso a Jenny de bastante mal humor). El abuelo volvió a excusarse (esta vez por su mal gusto en cuanto a chistes), le regaló un pequeño mapache que Jenny aceptó y acabó su extraordinario encuentro con una frase que ella jamás olvidará (por lo menos, hasta que acabe el cuento): “El hombre que te ame, será un hombre de lo más correcto; el que no lo haga, no lo será; y guárdate de todo aquél que quiera mostrarte el Gran Cañón del Colorado en formato panorámico 2:35”.

Si tengo que ser sincero, de hecho antes de llegar a México un señor bajito, calvo y con bigote ya le propuso a Jenny ver el Gran Cañón en formato ancho y ella aceptó, debido a lo interesante del ofrecimiento. De todo ello, Jenny dedujo que ver el Gran Cañón en 2:35 es una experiencia que ningún ser humano muerto debería perderse. Tanto le impactó su visión, que escribió una canción sobre el particular, “20 dólares no es dinero”, en cuya sexta estrofa se apreciaba una ligerísima y somera referencia a tan impresionante acontecimiento.

En cualquier caso, nada de lo que había hecho hasta ese momento le había propiciado un amante en condiciones (en condiciones para amarla, se entiende). Lo único que había sacado era un terrible dolor de cabeza y pelos de mapache por toda la ropa. Eric Deltono se puso en contacto con ella para asegurarle que había encontrado al hombre de su vida, pero se desanimó cuando vio que esto era literalmente cierto: Deltono en efecto había encontrado al hombre de su vida, pero de la suya, es decir, de la de Deltono: era guapísimo, esbelto, creativo y con un juego de piernas digno del mejor boxeador de Las Vegas. Y, además, para colmo, estaba locamente enamorado del agente de Jenny, lo que lo convertía en un futuro marido con poquísimas posibilidades. De todas maneras, Jenny se alegró por Eric y les deseó un futuro juntos lleno de vino caro y ensaladas de rúcula. Desgraciadamente, ese era el único deseo hermoso que ahora mismo se le podía ocurrir.

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Esta historia podría titularse “Jenny Pumpkin y la fábrica de chocolate”, pero evitaré hacer cualquier referencia a clásicos literarios y la llamaré, simplemente… OTRA HISTORIA DE AMOR Y DE MAPACHES / 2

Tuesday, August 19th, 2008

Se dio a sí misma el exacto período de 2.556 días para encontrar al hombre perfecto que la convertiría a ella, a su vez, en la perfecta mujer: según su madre “ninguna mujer debería vagar sola por ahí sin un hombre que la proteja”, y eso llegó a creer ella también. Y por supuesto, asistir en primera persona al final de su matrimonio con Orlando era quizás lo más horrible que le podía a pasar en esta, por otra parte, maravillosa vida.

… Ahora que lo pienso: no he mencionado la profesión de Jenny, lo que sin duda nos dará una idea bastante definitiva de cómo es ella en realidad. Jenny, aunque su matrimonio estaba basado en una mentira, aunque está convencida de que todo este tiempo al lado de Orlando ha sido tiempo perdido, aunque cree firmemente que un buen hombre es un hombre muerto, es compositora de canciones melódicas, todas ellas con el amor como tema principal. Todos sus temas tienen como protagonistas a parejas que se aman hasta el fin de sus días, ya sea antes de tiempo como Romeo y Julieta, o al borde del ingreso en el geriátrico, como en “Los puentes de Madison”.

Jenny era autora de piezas tan empalagosas como “Te digo “Te quiero” aunque me duele la barriga”, “El amor y tú: una sola cosa” o “Cuánto amor me llevo, cuánto amor me llevo; Vale, pero no te lleves también mi cartera”; y de canciones con un cierto punto crítico como “Esto que llamas amor, ¿no será cáncer?”, “Voy a vomitar de sólo pensar que nos vamos a acostar” o “Te mataré si te quedas con la casa en los Hamptons y con el piso del Greenwich Village, hijo de mala madre”. Estas, por cierto, serían el fruto de su última etapa, la posterior a su traumático divorcio.

De todas formas, para bien o para mal, ese era su trabajo, y si quería conservar su nivel de vida, tendría que mantenerlo a toda costa. Evidentemente, para una persona que ya no cree en el amor bajo ningún concepto, escribir temas como “Te amo, no me dejes nunca, jamás te dejaré, eres el amor de mi vida” (nº 75 en el Billboard) no era tarea fácil.

Los cantantes que la contrataban para que les compusiera sus nuevos discos, futuros números uno en las listas de éxitos, se horrorizaban al tener que entonar temas como “Sucia rata, espero que mueras estéril y solo” o “Eres tan despreciable como tu padre, quienquiera que sea”. Mucho duró esta situación hasta que Jenny se dio cuenta de que podía hacer canciones igual de hermosas pero con el desamor como telón de fondo. Así aparecieron temas menores pero decentes como “Me dejas, yo sigo adelante” o “¿Esto es Wisconsin?, porque si lo es, tengo que dar una conferencia”. No obstante, era evidente que Jenny había perdido su garra. Tenía que volver a creer en el amor como fuera.

Su manager, Eric Deltono, preocupado por “su inversión”, le preparó a Jenny una serie de citas con hombres maduros algunos, demasiado jóvenes otros, y rematadamente psicóticos la mayoría, que poco ayudaron a que su ilustre representada encauzara de nuevo el sendero del romance amoroso. Jenny los calificó a todos de “pueriles” y dio un portazo que le dolió a Deltono en lo más saliente de su, por cierto, feo rostro: la puerta se encontró de lleno con su horrible olfato para las relaciones humanas. La verdad es que Deltono no tenía ni idea de cómo era Jenny en realidad, con lo que difícilmente iba a poder conseguirle un hombre a su altura.

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Esta historia podría titularse “Jenny Pumpkin y la fábrica de chocolate”, pero evitaré hacer cualquier referencia a clásicos literarios y la llamaré, simplemente… OTRA HISTORIA DE AMOR Y DE MAPACHES / 1

Monday, August 18th, 2008

Transcurridos siete años desde su fracasado matrimonio, Jenny Pumpkin regresa a casa después de otra cita aburrida y, por supuesto, dramáticamente fallida: en esta ocasión, el interfecto le ha propuesto mantener relaciones sexuales poco después de pedir el primer plato, lo que le ha agriado considerablemente el resto de la cena. Normalmente, se suelen esperar, como mínimo, al segundo.

Jenny no entiende cómo pueden ser los hombres tan rematadamente estúpidos, pero más o menos se hace una idea si recuerda lo imbécil que llegaba a ser el que un día fue su marido. Orlando tenía la graciosa manía de manchar de barro las sábanas del lecho conyugal, y de criticar a Mozart por “sus coqueteos con la bossanova”, no entendía por qué el agua necesitaba de una determinada temperatura para romper a hervir (“Que hierva cuando quiera, ¿no?”), y definitivamente su cerebro no llegaba a comprender que hubiese una ciudad en Europa a la que alguien, con muy mala idea, había decidido llamar Frankfurt (por razones evidentes). En cambio, jamás se preocupó por entender las tres leyes de Newton, ni cómo se hace una declaración de la Renta, ni qué aspecto tiene un regalo de cumpleaños que se le hace a otra persona. No obstante, lo que más le molestaba a Jenny de Orlando era que soliese pensar en otras mujeres cuando hacían el amor, e incluso, casi le molestaba de igual manera que de hecho también se acostara con ellas.

Orlando salió de la vida de Jenny igual que entró, disfrazado de Popeye y gritando “¡Basta ya de cine político!”, hecho que Jenny agradeció y hasta aplaudió: para ella, Orlando siempre había sido muy divertido.

Ahora, después de tres años y cuatro meses de matrimonio, y cinco más de relación, Jenny Pumpkin volvía a ser una mujer libre para hacer cuanto se le antojase, como un viaje al Tíbet, una colección de cromos de coches de carreras o para despotricar de los fans de “El señor de los anillos”.

Esperando su momento de inspiración, cogió una maleta y se fue al fin del mundo en autobús: la línea que llega hasta él se detiene en Nueva York, pues es sabida por todos la manía de los norteamericanos de creer que en su país empieza y acaba cualquier cosa. A orillas del Atlántico, Jenny reflexionó sobre su futuro y pensó que su pasado no había sido más que una broma de mal gusto, y encima carísima: a Orlando le encantaba desayunar caviar con magdalenas los domingos, mientras leía el periódico deportivo. Orlando también era aficionado al golf con pelotas de oro macizo, a la lucha libre con vestidos de Armani y a la escritura automática con tinta china sobre sillones Chippendale. A Jenny siempre le pareció que todo eso era tirar el dinero, pero también era la única forma de que su marido no se pasase todo el día llorando y ensuciando pañuelos de seda de 400 dólares.

Contemplando con nostalgia (y en un plano americano que le coge hasta las rodillas) la Estatua de la Libertad, Jenny se dio cuenta de que jamás había conocido el amor de verdad: ya de Orlando nunca creyó estar enamorada del todo, así que ahora que habían finalizado su relación, con más razón ansiaba encontrar ese fuerte sentimiento que, desgraciadamente para ella, aún desconocía.

(CONTINÚA…)