Archive for the ‘El azote del género femenino’ Category

EL AZOTE DEL GÉNERO FEMENINO / y 3

Monday, April 14th, 2008

Ahora que llevas unos cuantos párrafos leyendo, habrás caído en la cuenta: pero, entonces, ¿cómo se reproducirían? ¿Cómo era posible que Henry no acabase paradójicamente también a la vez con el género masculino? Exacto, muy buena pregunta. Y como no sé la respuesta, déjame que siga elucubrando, eludiendo esa importantísima incongruencia en mi relato.

El día que hizo 12.987 desde que inició su maquiavélico y divertido plan, Henry Singular tuvo una revelación: ¿cómo saciaría su sed de relaciones sexuales si llegaba el momento en el que éstas se manifestasen? Estudió anatomía, cirugía, bioquímica y la conjugación del verbo “Retraer” y entonces comenzó a fabricar lo que él dio en llamar “La única mujer perfecta que me hará feliz y me dará placer oral cuando yo quiera”, abreviado, “Srta. Marta”. La “Srta. Marta” era su proyecto más ambicioso, y a la par, su entretenimiento favorito: Henry también tenía la cualidad de entretenerse con cualquier cosa. La construyó en 14 días y 457 meses y su estupendo cuerpo comprendía un corazón enorme, dos bellísimos ojos, una vagina “constrictor”, unos pechos turgentes (y enormes), unas manos suaves y tersas, un pelo sedoso, una boca sensual y dulce, unas piernas de infarto y un cajoncito para guardar las llaves del coche. Intencionadamente, Henry la quiso no dotar del órgano más importante de todos, un cerebro en condiciones. Claro está, la “Srta. Marta” no sería jamás capaz de multiplicar 4 por 7, ni sabría nunca la capital de Tailandia, ni distinguiría en absoluto un alcornoque macho de su propio culo (que, ni que decir tiene, era respingón, provocativo y juguetón).

Todo eso parecía que a Henry no le importaba en medida alguna, siempre que ella no tuviera que practicarle una operación a corazón abierto. Tampoco podría hacerle nunca la declaración de la Renta, lo que ya le fastidiaba un poquito más. Henry se alegraba no obstante de haber erradicado el concepto “Rebajas”, ya que en su infinito aburrimiento intelectual, la “Srta. Marta” tampoco podría descargarse ejerciendo tan poco económica práctica.

Ante un ser tan perfecto, Henry no pudo más que proponerle matrimonio, al que ella aceptó: se casaron en abril, cuando hacía mejor tiempo, y al enlace asistieron todos los primos, tíos y amigos del novio. Por parte de la novia se pudo ver a un fox terrier con muy malas pulgas. Se gastaron una fortuna en el vídeo de boda y cortaron la tarta con la célebre navaja que Henry utilizó para matar a 4.678.499 mujeres. Sin duda, un acto simbólico en toda regla.

Al año de casados, ella ya era la dueña de la casa: no sólo realizaba las tareas que Henry Singular odiaba estando soltero (como fregar el baño, limpiar los platos y barrer el suelo), sino que también era capaz de cambiar bombillas, echar tabiques abajo, cronometrar carreras de cucarachas o descifrar códigos binarios encriptados en los bidones de detergente. En ese momento, justo en ese y no en otro, Henry se dio cuenta de que vivía con un autómata: nada diferenciaba a su mujer de una batidora, lo que le comenzaba a importunar. ¿Era esta la vida que él quería? ¿Era esto por lo que él tanto había luchado (y asesinado)?

Tomó una decisión: “Le daré un cerebro”, se dijo, “una mente para las matemáticas y unas ingles para el divertimento; es injusto para ella: es maravillosa la sensación de tenerla sometida, pero es triste ver como no puede articular ni una sola palabra sin llorar antes durante 46 minutos exactos de reloj”. Y así lo hizo: con dos folios tamaño DIN-A4, un escalpelo y el ojo de un sapo recién nacido, construyó un bulbo raquídeo en condiciones, listo para ser utilizado. A partir de ese momento, todo fue diferente: la alegría envolvía cada rincón de su casa, mantenían interesantísimas conversaciones sobre filosofía, escudriñaban con afán el intenso rencor que se profesaban ciertos filósofos, analizaban la pintura barroca en todas sus etapas y descubrieron que la música de Mozart y la de Amadeus guardaban misteriosas similitudes. Todo acabó siendo tan diferente, que ella le abandonó por un perito agrónomo de tercera generación que coleccionaba pelo de mapache en sobres americanos. Eso sí: desde que dispuso de un cerebro, nunca jamás se le resistió una raíz cuadrada.

Otra vez volvió Henry a sumirse en el desaliento del fracaso amoroso,
pero esta vez,
y gracias a su cualidad de aprender siempre algo de todo lo que le pasaba,
con una importantísima lección asimilada:

“Nunca podrás saber nada que no lo sepa antes una dama”.

EL AZOTE DEL GÉNERO FEMENINO / 2

Thursday, April 10th, 2008

Ahora esta historia debería dar un giro y continuar con un “Pero un día se topó con una mujer que no representaba peligro alguno y a la que no sabía en qué cajón archivar”, pero entonces pasarían dos cosas: 1) se acabaría este cuento y 2) lo que es peor, se acabaría con un final feliz. Evidentemente, Henry debería enamorarse de la mujer que no entrara en sus siniestros esquemas. Sigamos un poco más hablando mal de las mujeres: al fin y al cabo, Henry también tenía la maravillosa cualidad de olvidar las cosas que no le interesaban.

Como su afán vengativo no conocía límites, se propuso a sí mismo acabar con todas las mujeres, y hacerlo literalmente. Quería exterminarlas, borrarlas de la Historia (así, con mayúsculas) definitivamente, de la pasada y de la presente. Que su existencia no hubiese sido más que un rumor lejano. Tal era su rechazo hacia las féminas. Ideó un plan infalible: acabar con las épocas de rebajas, lo que provocaría un colapso tan grande en sus cerebros que las fulminaría en el acto. Se puso de acuerdo con las mayores cadenas de multimarcas para que eliminaran de sus promociones dicha acción de marketing… y lo consiguió. Eso sí: tuvo que convencerlos de que en vez de “Rebajas” le pusieran otro nombre, por ejemplo “Casualidades”, lo que confundió tanto a las damas que comenzaron a no ir de compras en esas fechas tan señaladas. Con lo que no contó el pobre Henry Singular fue con que a él tampoco le harían descuento en sus pantalones de pana, lo que le molestó sobremanera. Sin embargo, cualquier sacrificio era aceptable si con él desmembraba a la civilización de tan aberrante y perfumada especie.

Y, en efecto, una a una fueron cayendo, desplomándose en el suelo como hermosos sacos de patatas. Quizás más que la no existencia de las rebajas, lo que les molestaba era que Henry las acuchillara con una navaja de carnicero y quizás (sólo quizás) esa era una razón mucho más evidente que explicaba per se el progresivo exterminio del género femenino sobre la faz de la Tierra.

Henry recorrió los siete mares y los millones de países, descuartizando, acuchillando, mordiendo, tiroteando y aniquilando a cualquier mujer adulta, joven o niña que fuera encontrando a su paso. Muchos podrían pensar de él que era un vil asesino, pero su cualidad para convencer a la policía de cualquier cosa que se le antojase conseguía que su práctica genocida fuera bien vista a todos los efectos.

Ni que decir tiene que (ahora sí) un buen día se encontró con la mujer que borraría de un plumazo su concepción de las hembras… pero no sería en esta década, ni tampoco en esta centuria. Henry siguió dilapidando el recuerdo de que alguna vez hubo alguien, con cintura esbelta y montura de gafas de color rosa, que nos hacía perder la cabeza, las llaves y hasta algún tren de cercanías. Batallones de hombres solteros marchaban felices e ignorantes: ¿era cierta esa leyenda urbana de que había en algún lugar un par de mechones rubios que podrían obligarle a uno a arrodillarse para pedirlos en matrimonio?

Por supuesto que no: Henry ya se encargaba de que esa leyenda no fuera cierta. Seguía con sus conferencias, con sus relatos sesgados, con sus historias para no dormir y con sus piruletas de menta (esa era otra cualidad: comer tantas como se le antojara), siempre desmintiendo cualquier teoría o pregunta que situase a un ser con hermosos pechos y anchas caderas al otro lado del cristalino espejo.

(CONTINÚA…)

EL AZOTE DEL GÉNERO FEMENINO / 1

Tuesday, April 8th, 2008

Nuestro Henry Singular era uno de esos hombres que siempre lo saben todo. Uno así como Winston Churchill, o como Albert Einstein, o como el profesor de matemáticas de la escuela. Gente lista, pero no tanto. ¿Sabría Albert Einstein la respuesta a por qué le pegaba ese chico alto y fuerte de 2º C con el que nunca cruzó una palabra y sí un sinfín de puñetazos? ¿O acaso Churchill encontró alguna explicación a por qué las mujeres siempre lo abandonan a uno cuando más enamorado está? Henry era un erudito, un hombre perfecto en su campo, pero un ignorante en los campos de los demás. Era un escritor de éxito, con tantos premios como dedos tienen los habitantes de Wisconsin; pero le faltaba picardía, y chispa, y mala uva. Le faltaba ser más malo. O, por lo menos, serlo algo.

En cambio, para compensar, Henry tenía un don de valor incalculable: podía recitar de memoria cualquier anuncio que viese por televisión. Lástima que al ser un erudito de pro, no tuviese ningún receptor en casa, por lo que su don últimamente se veía bastante mermado. En cambio, Henry desarrolló la capacidad de volar, lo que lo hacía casi tan especial como por su don de recordar eslógans.

En uno de sus viajes, conoció a Sarah, una dama de bellas piernas y horrendas maneras, que lo sumió en una depresión el día que decidió abandonarlo por otro hombre: su contrincante era un ser que podía medir cualquier distancia a ojo, sin equivocarse en un solo milímetro. Henry buscó y buscó a su amada durante siglos (todos los que le permitió su inmortalidad, otra cualidad que descubrió mientras fregaba las rayolas de la cocina), hasta que consideró que ninguna mujer, por hermosa que fuera, merecía dedicarle tanto tiempo. Podríamos decir que Henry Singular se convirtió en un misógino. Una pena.

La misoginia es esa cualidad que tienen algunos hombres para despotricar de las mujeres, sin que parezca machismo. Henry se hizo un experto en ese arte, todo lo que su coeficiente intelectual de 490 le permitió. Daba conferencias, asistía a reuniones (siempre como el invitado de honor), escribía libros, relatos y cuentos absurdos, redactaba memorandos y coleccionaba sellos, todo relacionado con su profundo odio hacia el género femenino. Y durante todo el tiempo que le dedicaba, jamás se le pasó por la cabeza que pudiera estar equivocado.

“No valen la pena”, se decía. Así, en general.

Una tras otra las iba rechazando y catalogando: “Tenemos a la mujer de bellos ojos y corazón de hierro; tenemos a la “mujer elefante” que te pisotea sin miramientos; tenemos a la “mujer esquizoide” que te apabulla con gritos sin saber la causa; tenemos a la “mujer interesante” que te utiliza para sacarte la sangre y vaciarte la cuenta corriente…”. Llegó a tener más de 4.000 especies de mujeres distintas, cada una de ellas con su idiosincrasia particular, ninguna de ellas apta para ocupar un lugar en su atribulado corazón.

(CONTINÚA…)