Archive for the ‘El hombre cero’ Category

EL HOMBRE CERO / y 3

Tuesday, July 22nd, 2008

A la pena del abandono, le siguió la alegría de saberse capacitado para aprovechar hasta el final esa segunda oportunidad. Comenzó probando suerte en la música, durante un par o tres de meses, pero desistió cuando se dio cuenta de que cada día tenía que hacerle escuchar al público la misma canción, con la imposibilidad temporal de que quedase grabada en sus cabezas. Como actor tampoco le fue buen: siempre que pasaba un cásting, tenía que ser consciente de que aunque le diesen el papel, jamás podría interpretarlo al día siguiente. La pintura tampoco le funcionó como esperaba: cuanta más práctica tenía, más desconocido era para las galerías.

Optó entonces por actividades menos elevadas, como profesor de autoescuela, que aunque en efecto acabó por convertirse en una serie interminable de rutinas como las de antes, estas nuevas rutinas tampoco le llenaban.

¡Maldita sea! Si tengo que ser sincero, lo más divertido eran las aventuras de una noche: ¡era tan bonito prometer amor eterno! Y a la mañana siguiente… Un día, después de mucho tiempo, quise conocer de nuevo a mi mujer, volver a estar con ella. No reparé en que yo tenía 40 años y ella sólo 20, con un novio al que adoraba por entonces, y unos padres que jamás le habrían permitido una relación con un viejo verde mundialmente conocido por no ser bueno en nada de lo que hacía. Fui a verla a la puerta de su instituto: de allí salía, como tantas otras, con su carpeta abrazada y el andar pizpireto que utilizaba cada vez que había tenido un buen día. Si ella hubiera sabido que el hombre maduro al otro lado de la acera conocía al dedillo cada línea de su cuerpo y que aún retumbaban en su cerebro los pequeños y delicados gemidos que emitía cada vez que se excitaba, seguro que, aterrorizada, habría echado a correr calle abajo. No. Tuve que dejar las cosas tal y como estaban. Recordé el daño que debí de hacerle después de la segunda Noche de Bodas y…

Evitando futuras tentaciones, cambió de ciudad, y después de país, y después de continente. Recorrió Estados Unidos, predijo el futuro a los desprevenidos habitantes de Nueva York, pasó desapercibido en Toronto como tantos otros, dio algún que otro golpe de estado en Latinoamérica y se perdió durante diez días en la Antártida, hasta que lo encontró un grupo de investigadores del Cambio Climático: lo cogieron in fraganti deshaciendo bloques de hielo con fogatas improvisadas; huyó de la ley y se refugió en Australia, cazó canguros en Sydney y levantó la veda del koala, cancelada durante treinta lustros; en Japón, se convirtió al shintoismo y cantó (y bastante bien) en todos los karaokes de Tokio; luego llegó a Europa, recorrió Francia, paseó durante 100 puestas de sol por la eterna Roma, se peleó en Londres, lideró una marcha gay en Berlín, sedujo a la hija de un presidente albanokosovar, y mató mil noches bebiendo gintonics en España hasta las 5 de la madrugada antes de volver a su casa, más viejo y más cansado, pero también más feliz.

Como no creía en la inmortalidad, creyó oportuno el tener que alcanzarla como celebridad, al menos. Fue entonces cuando descubrió su misión final en este mundo: comenzaría a escribir un libro (esperaba que no se quedase en relato sólo) en el que explicaría paso a paso todas sus experiencias. “Aunque yo muera”, se dijo, “el manuscrito conseguirá que mis recuerdos perduren”. Eso sí tendría vigencia, pensó.

Durante diez años más siguió viviendo al revés, volviendo sobre hechos históricos que le habían marcado (tanto a él, como a toda su generación) y que, por edad, jamás había vivido. Conoció de primera mano el asesinato de presidentes, el alumbramiento de la era robótica, la pasión por John Travolta, el estreno de “Annie Hall” y el pavor durante la Guerra Fría. Todos esos acontecimientos quedaron fielmente retratados por su pluma irónica y sabia, fiel testigo de todo cuanto había sucedido.

Un día de 1955, sobre las siete de la tarde, sentado en una cómoda mecedora que vacilaba hacia delante y hacia atrás, suavemente, encontraron su cuerpo frío reposando tranquilamente con la dulzona sonrisa de aquél que se sabe, paradójicamente, lleno de vida. Fue enterrado sin grandes aspavientos en un cementerio cercano y en la lápida sólo acertaron a poner una escueta pero definitoria inscripción que rezaba: “Frank K, autor de El hombre cero”.

EL HOMBRE CERO / 2

Thursday, July 10th, 2008

Pero me lo tomo con filosofía, ¿qué otra cosa puedo hacer? Es la vida que me está tocando vivir. La desesperación del principio también se ha convertido en monotonía. Además, ¿cómo puedo no saber yo que esto que me pasa a mí le pasa en realidad a mucha más gente? Igual no soy el único, aunque quizás sí sea el único que ha reparado en ello. Eso no lo sé. Pero tampoco es que me importe tanto.

Los tres amigos salen del bar, discutiendo la mejor forma de encontrar el amor mientras colocas la última pieza de un puzzle que representa a “Las Meninas” vestidas con ropa de los 80. La verdad es que ni Paul ni Nick han prestado demasiada atención a la perorata de Frank, lo que le consuela y le tranquiliza: a lo mejor su historia tampoco es que sea tan digna de ser relatada, lo que significaría que no es algo tan grave.

Frank vuelve al hotel, con su mujer. Están en el viaje de bodas, y sí, ya estuvieron aquí. Ya visitaron el reloj astronómico, y el puente de Carlos. Y mañana lo visitarán otra vez, aunque en teoría sea la primera.

Frank, estás muy callado, ¿te pasa algo? Sólo es que estoy un poco cansado: ¿no tienes la sensación de estar malgastando la vida? Vaya… Bonita pregunta para hacerle a una recién casada, y más si eres su marido; no, no creo que esté malgastando la vida. ¿Tú crees que la estás malgastando? Mi amor, yo creo que todavía quedan tantas cosas por hacer, y es tan poco el tiempo que nos queda, que no hacer que cada minuto sea único, nos convierte en poco menos que autómatas.

Después de estas palabras, que su mujer no recordaría mañana por la mañana, Frank se sumió en un triste sueño. Esa era otra ventaja de vivir al revés: podías decir cuanto quisieras a quien quisieras sin miedo a que te mal juzgasen.

Ya… En efecto. Lo malo es que yo sí que las recuerdo.

Al día siguiente, llegaron a Praga, bajaron del avión y se dirigieron al hotel en un autobús de línea. En el trayecto, en lo único que Frank podía pensar era en el desorbitado dinero que se hubiesen gastado de haber vuelto a coger un taxi. Esto debería haberle alegrado, pero ya ni siquiera eso le satisfacía.

Volviendo sobre sus pasos en la ciudad de Kafka, sintiéndose igual a cualquiera de sus personajes, Frank tuvo una revelación, o quizás fue un dolor de cabeza mal llevado. El caso es que se avino a aceptar lo que su conciencia no paraba de repetirle desde hacía ya un buen tiempo: si vas a vivir la vida dos veces, ¿por qué vivirla las dos veces igual?

Con todo el dolor de su corazón, pero completamente seguro de que ése era el camino correcto, al día siguiente, al despuntar el alba, antes de coger el avión para Praga, Frank abandonó sigilosamente la habitación de hotel que ambos habían utilizado para regalarse mutuamente una amorosa Noche de Bodas. “Han sido unos años maravillosos”, pensó, “qué pena que ella no creerá lo mismo…”. Se convenció a sí mismo de que después de la tristeza y la desdicha por sentirse abandonada por su marido justo después de su primera noche de casados, ella encontraría a alguien que la haría completamente feliz, o por lo menos tanto como él sabía que podía serlo. “No es justo”, se dijo, “vivir la vida sin poder controlar tu propio destino; aunque a partir de ahora no pueda permanecer al lado de nadie, aquí es precisamente en donde quiero estar, teniendo en cuenta esta curiosa forma de vida”.

(CONTINÚA…)

EL HOMBRE CERO / 1

Saturday, July 5th, 2008

Hay un bar en Praga que se llama “U Pivnice” en el que se acaban de encontrar tres amigos de la infancia, de turismo por la capital checa. Escuchemos lo que dicen.

PAUL - Tengo 32 años y aún no he encontrado al amor de mi vida.
NICK - Complicada situación. Pero yo la supero: aún no he completado ningún puzzle de 1000 piezas.
FRANK - Yo gano: hace dos años que vivo la vida al revés.

Todo comenzó el día de mi 30 cumpleaños, aunque, a decir verdad, yo no me di cuenta de nada hasta un año después. La vida era tan monótona como os podéis imaginar. Cada día era tan igual al anterior, que daba lo mismo vivirlos hacia delante como hacia atrás. No importaba que el día de mañana fuera en realidad el día de ayer. Levantarme, desayunar, trabajar, comer, otra vez trabajar, luego volver a casa, cenar con mi mujer, ver la tele, dormir y vuelta a empezar. Y yo no me daba cuenta de nada. ¿Y quién iba a poder hacerlo?

Hace un año, celebrando lo que yo creía mi 31 aniversario, una tarta, tan estúpida como inocente, sembró la duda: 29 velas en ella, cada una riéndose a carcajadas de mi desdicha. ¿Cómo podía ser? Revisé el calendario y en efecto: yo me sentía un año más viejo, pero vivía en un año menos. “¡Qué mala suerte!”, pensé. Ni siquiera el dios que estaba jugando con mi destino me dejaba el consuelo de, al menos, rejuvenecer.

A partir de entonces, empecé a darme cuenta de las cosas: conocía por primera vez a mis amigos de toda la vida, volvían modas pasajeras que recordaba como lejanas, y esos programas de la televisión que se retiraban por falta de audiencia se estrenaban ahora a bombo y platillo. No creáis: comencé a ver ciertas ventajas, como el hecho de esperar el día en el que decidir de qué color íbamos a pintar el comedor, para elegir uno distinto: la primera elección fue desastrosamente equivocada. Desventaja: yo ya no lo podría ver nunca.

Y no os penséis que ahora las cosas han cambiado tanto: la gente acostumbra a sobrestimar la existencia. Sigo viviendo a paso de tortuga, cada día el mismo aburrimiento, con la única diferencia de que ahora sí me doy cuenta de lo que está pasando. Trato de cambiar cosas, ya os digo, pero la mayoría del tiempo tengo que seguir soportando la misma sordidez que soporta todo el mundo. Sólo que yo me río, por no llorar, y los demás no lo ven. Esa es mi única ventaja. Más ventajas: llegará un día en el que dejaré de soportar a mis suegros; y aquellos que se quedaron en el camino, volverán a mi vida otra vez como si nada.

Pero tampoco creáis que no me apenan muchas cosas, a decir verdad, la mayoría: mi mujer, a la que tanto quiero, saldrá de mi vida precisamente el día después de conocerla por primera vez, y la sensación en el estómago, el hormigueo que te recorre las tripas provocando cosquillas en cada poro del cuerpo después de ese primer beso, será sinónimo del fin de la relación. Evidentemente, nunca conoceré a mis hijos, si es que algún día habría llegado a tenerlos; y revivir el día de mi boda (por cierto, dentro de tres días) me obligará a soportar de nuevo la retahíla de camareros trayendo platos a ritmo de bachata.

(CONTINÚA…)