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Esta historia podría titularse “Jenny Pumpkin y la fábrica de chocolate”, pero evitaré hacer cualquier referencia a clásicos literarios y la llamaré, simplemente… OTRA HISTORIA DE AMOR Y DE MAPACHES / 2

Tuesday, August 19th, 2008

Se dio a sí misma el exacto período de 2.556 días para encontrar al hombre perfecto que la convertiría a ella, a su vez, en la perfecta mujer: según su madre “ninguna mujer debería vagar sola por ahí sin un hombre que la proteja”, y eso llegó a creer ella también. Y por supuesto, asistir en primera persona al final de su matrimonio con Orlando era quizás lo más horrible que le podía a pasar en esta, por otra parte, maravillosa vida.

… Ahora que lo pienso: no he mencionado la profesión de Jenny, lo que sin duda nos dará una idea bastante definitiva de cómo es ella en realidad. Jenny, aunque su matrimonio estaba basado en una mentira, aunque está convencida de que todo este tiempo al lado de Orlando ha sido tiempo perdido, aunque cree firmemente que un buen hombre es un hombre muerto, es compositora de canciones melódicas, todas ellas con el amor como tema principal. Todos sus temas tienen como protagonistas a parejas que se aman hasta el fin de sus días, ya sea antes de tiempo como Romeo y Julieta, o al borde del ingreso en el geriátrico, como en “Los puentes de Madison”.

Jenny era autora de piezas tan empalagosas como “Te digo “Te quiero” aunque me duele la barriga”, “El amor y tú: una sola cosa” o “Cuánto amor me llevo, cuánto amor me llevo; Vale, pero no te lleves también mi cartera”; y de canciones con un cierto punto crítico como “Esto que llamas amor, ¿no será cáncer?”, “Voy a vomitar de sólo pensar que nos vamos a acostar” o “Te mataré si te quedas con la casa en los Hamptons y con el piso del Greenwich Village, hijo de mala madre”. Estas, por cierto, serían el fruto de su última etapa, la posterior a su traumático divorcio.

De todas formas, para bien o para mal, ese era su trabajo, y si quería conservar su nivel de vida, tendría que mantenerlo a toda costa. Evidentemente, para una persona que ya no cree en el amor bajo ningún concepto, escribir temas como “Te amo, no me dejes nunca, jamás te dejaré, eres el amor de mi vida” (nº 75 en el Billboard) no era tarea fácil.

Los cantantes que la contrataban para que les compusiera sus nuevos discos, futuros números uno en las listas de éxitos, se horrorizaban al tener que entonar temas como “Sucia rata, espero que mueras estéril y solo” o “Eres tan despreciable como tu padre, quienquiera que sea”. Mucho duró esta situación hasta que Jenny se dio cuenta de que podía hacer canciones igual de hermosas pero con el desamor como telón de fondo. Así aparecieron temas menores pero decentes como “Me dejas, yo sigo adelante” o “¿Esto es Wisconsin?, porque si lo es, tengo que dar una conferencia”. No obstante, era evidente que Jenny había perdido su garra. Tenía que volver a creer en el amor como fuera.

Su manager, Eric Deltono, preocupado por “su inversión”, le preparó a Jenny una serie de citas con hombres maduros algunos, demasiado jóvenes otros, y rematadamente psicóticos la mayoría, que poco ayudaron a que su ilustre representada encauzara de nuevo el sendero del romance amoroso. Jenny los calificó a todos de “pueriles” y dio un portazo que le dolió a Deltono en lo más saliente de su, por cierto, feo rostro: la puerta se encontró de lleno con su horrible olfato para las relaciones humanas. La verdad es que Deltono no tenía ni idea de cómo era Jenny en realidad, con lo que difícilmente iba a poder conseguirle un hombre a su altura.

(CONTINÚA…)

Esta historia podría titularse “Jenny Pumpkin y la fábrica de chocolate”, pero evitaré hacer cualquier referencia a clásicos literarios y la llamaré, simplemente… OTRA HISTORIA DE AMOR Y DE MAPACHES / 1

Monday, August 18th, 2008

Transcurridos siete años desde su fracasado matrimonio, Jenny Pumpkin regresa a casa después de otra cita aburrida y, por supuesto, dramáticamente fallida: en esta ocasión, el interfecto le ha propuesto mantener relaciones sexuales poco después de pedir el primer plato, lo que le ha agriado considerablemente el resto de la cena. Normalmente, se suelen esperar, como mínimo, al segundo.

Jenny no entiende cómo pueden ser los hombres tan rematadamente estúpidos, pero más o menos se hace una idea si recuerda lo imbécil que llegaba a ser el que un día fue su marido. Orlando tenía la graciosa manía de manchar de barro las sábanas del lecho conyugal, y de criticar a Mozart por “sus coqueteos con la bossanova”, no entendía por qué el agua necesitaba de una determinada temperatura para romper a hervir (“Que hierva cuando quiera, ¿no?”), y definitivamente su cerebro no llegaba a comprender que hubiese una ciudad en Europa a la que alguien, con muy mala idea, había decidido llamar Frankfurt (por razones evidentes). En cambio, jamás se preocupó por entender las tres leyes de Newton, ni cómo se hace una declaración de la Renta, ni qué aspecto tiene un regalo de cumpleaños que se le hace a otra persona. No obstante, lo que más le molestaba a Jenny de Orlando era que soliese pensar en otras mujeres cuando hacían el amor, e incluso, casi le molestaba de igual manera que de hecho también se acostara con ellas.

Orlando salió de la vida de Jenny igual que entró, disfrazado de Popeye y gritando “¡Basta ya de cine político!”, hecho que Jenny agradeció y hasta aplaudió: para ella, Orlando siempre había sido muy divertido.

Ahora, después de tres años y cuatro meses de matrimonio, y cinco más de relación, Jenny Pumpkin volvía a ser una mujer libre para hacer cuanto se le antojase, como un viaje al Tíbet, una colección de cromos de coches de carreras o para despotricar de los fans de “El señor de los anillos”.

Esperando su momento de inspiración, cogió una maleta y se fue al fin del mundo en autobús: la línea que llega hasta él se detiene en Nueva York, pues es sabida por todos la manía de los norteamericanos de creer que en su país empieza y acaba cualquier cosa. A orillas del Atlántico, Jenny reflexionó sobre su futuro y pensó que su pasado no había sido más que una broma de mal gusto, y encima carísima: a Orlando le encantaba desayunar caviar con magdalenas los domingos, mientras leía el periódico deportivo. Orlando también era aficionado al golf con pelotas de oro macizo, a la lucha libre con vestidos de Armani y a la escritura automática con tinta china sobre sillones Chippendale. A Jenny siempre le pareció que todo eso era tirar el dinero, pero también era la única forma de que su marido no se pasase todo el día llorando y ensuciando pañuelos de seda de 400 dólares.

Contemplando con nostalgia (y en un plano americano que le coge hasta las rodillas) la Estatua de la Libertad, Jenny se dio cuenta de que jamás había conocido el amor de verdad: ya de Orlando nunca creyó estar enamorada del todo, así que ahora que habían finalizado su relación, con más razón ansiaba encontrar ese fuerte sentimiento que, desgraciadamente para ella, aún desconocía.

(CONTINÚA…)

EL HOMBRE CERO / y 3

Tuesday, July 22nd, 2008

A la pena del abandono, le siguió la alegría de saberse capacitado para aprovechar hasta el final esa segunda oportunidad. Comenzó probando suerte en la música, durante un par o tres de meses, pero desistió cuando se dio cuenta de que cada día tenía que hacerle escuchar al público la misma canción, con la imposibilidad temporal de que quedase grabada en sus cabezas. Como actor tampoco le fue buen: siempre que pasaba un cásting, tenía que ser consciente de que aunque le diesen el papel, jamás podría interpretarlo al día siguiente. La pintura tampoco le funcionó como esperaba: cuanta más práctica tenía, más desconocido era para las galerías.

Optó entonces por actividades menos elevadas, como profesor de autoescuela, que aunque en efecto acabó por convertirse en una serie interminable de rutinas como las de antes, estas nuevas rutinas tampoco le llenaban.

¡Maldita sea! Si tengo que ser sincero, lo más divertido eran las aventuras de una noche: ¡era tan bonito prometer amor eterno! Y a la mañana siguiente… Un día, después de mucho tiempo, quise conocer de nuevo a mi mujer, volver a estar con ella. No reparé en que yo tenía 40 años y ella sólo 20, con un novio al que adoraba por entonces, y unos padres que jamás le habrían permitido una relación con un viejo verde mundialmente conocido por no ser bueno en nada de lo que hacía. Fui a verla a la puerta de su instituto: de allí salía, como tantas otras, con su carpeta abrazada y el andar pizpireto que utilizaba cada vez que había tenido un buen día. Si ella hubiera sabido que el hombre maduro al otro lado de la acera conocía al dedillo cada línea de su cuerpo y que aún retumbaban en su cerebro los pequeños y delicados gemidos que emitía cada vez que se excitaba, seguro que, aterrorizada, habría echado a correr calle abajo. No. Tuve que dejar las cosas tal y como estaban. Recordé el daño que debí de hacerle después de la segunda Noche de Bodas y…

Evitando futuras tentaciones, cambió de ciudad, y después de país, y después de continente. Recorrió Estados Unidos, predijo el futuro a los desprevenidos habitantes de Nueva York, pasó desapercibido en Toronto como tantos otros, dio algún que otro golpe de estado en Latinoamérica y se perdió durante diez días en la Antártida, hasta que lo encontró un grupo de investigadores del Cambio Climático: lo cogieron in fraganti deshaciendo bloques de hielo con fogatas improvisadas; huyó de la ley y se refugió en Australia, cazó canguros en Sydney y levantó la veda del koala, cancelada durante treinta lustros; en Japón, se convirtió al shintoismo y cantó (y bastante bien) en todos los karaokes de Tokio; luego llegó a Europa, recorrió Francia, paseó durante 100 puestas de sol por la eterna Roma, se peleó en Londres, lideró una marcha gay en Berlín, sedujo a la hija de un presidente albanokosovar, y mató mil noches bebiendo gintonics en España hasta las 5 de la madrugada antes de volver a su casa, más viejo y más cansado, pero también más feliz.

Como no creía en la inmortalidad, creyó oportuno el tener que alcanzarla como celebridad, al menos. Fue entonces cuando descubrió su misión final en este mundo: comenzaría a escribir un libro (esperaba que no se quedase en relato sólo) en el que explicaría paso a paso todas sus experiencias. “Aunque yo muera”, se dijo, “el manuscrito conseguirá que mis recuerdos perduren”. Eso sí tendría vigencia, pensó.

Durante diez años más siguió viviendo al revés, volviendo sobre hechos históricos que le habían marcado (tanto a él, como a toda su generación) y que, por edad, jamás había vivido. Conoció de primera mano el asesinato de presidentes, el alumbramiento de la era robótica, la pasión por John Travolta, el estreno de “Annie Hall” y el pavor durante la Guerra Fría. Todos esos acontecimientos quedaron fielmente retratados por su pluma irónica y sabia, fiel testigo de todo cuanto había sucedido.

Un día de 1955, sobre las siete de la tarde, sentado en una cómoda mecedora que vacilaba hacia delante y hacia atrás, suavemente, encontraron su cuerpo frío reposando tranquilamente con la dulzona sonrisa de aquél que se sabe, paradójicamente, lleno de vida. Fue enterrado sin grandes aspavientos en un cementerio cercano y en la lápida sólo acertaron a poner una escueta pero definitoria inscripción que rezaba: “Frank K, autor de El hombre cero”.

EL HOMBRE CERO / 2

Thursday, July 10th, 2008

Pero me lo tomo con filosofía, ¿qué otra cosa puedo hacer? Es la vida que me está tocando vivir. La desesperación del principio también se ha convertido en monotonía. Además, ¿cómo puedo no saber yo que esto que me pasa a mí le pasa en realidad a mucha más gente? Igual no soy el único, aunque quizás sí sea el único que ha reparado en ello. Eso no lo sé. Pero tampoco es que me importe tanto.

Los tres amigos salen del bar, discutiendo la mejor forma de encontrar el amor mientras colocas la última pieza de un puzzle que representa a “Las Meninas” vestidas con ropa de los 80. La verdad es que ni Paul ni Nick han prestado demasiada atención a la perorata de Frank, lo que le consuela y le tranquiliza: a lo mejor su historia tampoco es que sea tan digna de ser relatada, lo que significaría que no es algo tan grave.

Frank vuelve al hotel, con su mujer. Están en el viaje de bodas, y sí, ya estuvieron aquí. Ya visitaron el reloj astronómico, y el puente de Carlos. Y mañana lo visitarán otra vez, aunque en teoría sea la primera.

Frank, estás muy callado, ¿te pasa algo? Sólo es que estoy un poco cansado: ¿no tienes la sensación de estar malgastando la vida? Vaya… Bonita pregunta para hacerle a una recién casada, y más si eres su marido; no, no creo que esté malgastando la vida. ¿Tú crees que la estás malgastando? Mi amor, yo creo que todavía quedan tantas cosas por hacer, y es tan poco el tiempo que nos queda, que no hacer que cada minuto sea único, nos convierte en poco menos que autómatas.

Después de estas palabras, que su mujer no recordaría mañana por la mañana, Frank se sumió en un triste sueño. Esa era otra ventaja de vivir al revés: podías decir cuanto quisieras a quien quisieras sin miedo a que te mal juzgasen.

Ya… En efecto. Lo malo es que yo sí que las recuerdo.

Al día siguiente, llegaron a Praga, bajaron del avión y se dirigieron al hotel en un autobús de línea. En el trayecto, en lo único que Frank podía pensar era en el desorbitado dinero que se hubiesen gastado de haber vuelto a coger un taxi. Esto debería haberle alegrado, pero ya ni siquiera eso le satisfacía.

Volviendo sobre sus pasos en la ciudad de Kafka, sintiéndose igual a cualquiera de sus personajes, Frank tuvo una revelación, o quizás fue un dolor de cabeza mal llevado. El caso es que se avino a aceptar lo que su conciencia no paraba de repetirle desde hacía ya un buen tiempo: si vas a vivir la vida dos veces, ¿por qué vivirla las dos veces igual?

Con todo el dolor de su corazón, pero completamente seguro de que ése era el camino correcto, al día siguiente, al despuntar el alba, antes de coger el avión para Praga, Frank abandonó sigilosamente la habitación de hotel que ambos habían utilizado para regalarse mutuamente una amorosa Noche de Bodas. “Han sido unos años maravillosos”, pensó, “qué pena que ella no creerá lo mismo…”. Se convenció a sí mismo de que después de la tristeza y la desdicha por sentirse abandonada por su marido justo después de su primera noche de casados, ella encontraría a alguien que la haría completamente feliz, o por lo menos tanto como él sabía que podía serlo. “No es justo”, se dijo, “vivir la vida sin poder controlar tu propio destino; aunque a partir de ahora no pueda permanecer al lado de nadie, aquí es precisamente en donde quiero estar, teniendo en cuenta esta curiosa forma de vida”.

(CONTINÚA…)

EL HOMBRE CERO / 1

Saturday, July 5th, 2008

Hay un bar en Praga que se llama “U Pivnice” en el que se acaban de encontrar tres amigos de la infancia, de turismo por la capital checa. Escuchemos lo que dicen.

PAUL - Tengo 32 años y aún no he encontrado al amor de mi vida.
NICK - Complicada situación. Pero yo la supero: aún no he completado ningún puzzle de 1000 piezas.
FRANK - Yo gano: hace dos años que vivo la vida al revés.

Todo comenzó el día de mi 30 cumpleaños, aunque, a decir verdad, yo no me di cuenta de nada hasta un año después. La vida era tan monótona como os podéis imaginar. Cada día era tan igual al anterior, que daba lo mismo vivirlos hacia delante como hacia atrás. No importaba que el día de mañana fuera en realidad el día de ayer. Levantarme, desayunar, trabajar, comer, otra vez trabajar, luego volver a casa, cenar con mi mujer, ver la tele, dormir y vuelta a empezar. Y yo no me daba cuenta de nada. ¿Y quién iba a poder hacerlo?

Hace un año, celebrando lo que yo creía mi 31 aniversario, una tarta, tan estúpida como inocente, sembró la duda: 29 velas en ella, cada una riéndose a carcajadas de mi desdicha. ¿Cómo podía ser? Revisé el calendario y en efecto: yo me sentía un año más viejo, pero vivía en un año menos. “¡Qué mala suerte!”, pensé. Ni siquiera el dios que estaba jugando con mi destino me dejaba el consuelo de, al menos, rejuvenecer.

A partir de entonces, empecé a darme cuenta de las cosas: conocía por primera vez a mis amigos de toda la vida, volvían modas pasajeras que recordaba como lejanas, y esos programas de la televisión que se retiraban por falta de audiencia se estrenaban ahora a bombo y platillo. No creáis: comencé a ver ciertas ventajas, como el hecho de esperar el día en el que decidir de qué color íbamos a pintar el comedor, para elegir uno distinto: la primera elección fue desastrosamente equivocada. Desventaja: yo ya no lo podría ver nunca.

Y no os penséis que ahora las cosas han cambiado tanto: la gente acostumbra a sobrestimar la existencia. Sigo viviendo a paso de tortuga, cada día el mismo aburrimiento, con la única diferencia de que ahora sí me doy cuenta de lo que está pasando. Trato de cambiar cosas, ya os digo, pero la mayoría del tiempo tengo que seguir soportando la misma sordidez que soporta todo el mundo. Sólo que yo me río, por no llorar, y los demás no lo ven. Esa es mi única ventaja. Más ventajas: llegará un día en el que dejaré de soportar a mis suegros; y aquellos que se quedaron en el camino, volverán a mi vida otra vez como si nada.

Pero tampoco creáis que no me apenan muchas cosas, a decir verdad, la mayoría: mi mujer, a la que tanto quiero, saldrá de mi vida precisamente el día después de conocerla por primera vez, y la sensación en el estómago, el hormigueo que te recorre las tripas provocando cosquillas en cada poro del cuerpo después de ese primer beso, será sinónimo del fin de la relación. Evidentemente, nunca conoceré a mis hijos, si es que algún día habría llegado a tenerlos; y revivir el día de mi boda (por cierto, dentro de tres días) me obligará a soportar de nuevo la retahíla de camareros trayendo platos a ritmo de bachata.

(CONTINÚA…)

LA AZAROSA VIDA DE UN CABALLERO AUTÉNTICO / y 5

Wednesday, May 21st, 2008

El caballeroso, desolado por la pérdida de dos mujeres en menos de una página, se refugió en el alcohol y en los barbitúricos, haciéndose más adicto aún de lo que ya era. Volvió a sus niños, y a sus piruletas, y a sus llamadas obscenas, pero ya nada de eso le llenaba, él quería algo más: quería sentirse vivo de nuevo. Mientras, Rita se metía a monja; Nora seguía tan santa como siempre, pero ahora se podía comprar un yate con las ganancias de los Pelapatatas MagicPower; y Martín volvía a la cárcel, después de haber protagonizado siete películas de dudosa calidad y de haber participado en más de 300 representaciones de “Tito Andrónico”*.

Yo, por mi parte, aquí sigo, escribiendo lo que puedo. ¿Quieren saber qué fue del caballero auténtico? Sólo les diré que nunca dejó las drogas, nunca dejó el alcohol, nunca dejó a los niños y nunca encontró el amor. Lo intentó unas cuantas veces más, unas con más suerte y otras con menos, pero siempre había algo que lo fastidiaba todo. En total, no hay una cuenta exacta de los hijos que fue engendrando por el mundo, lo que sí está claro es que todos tuvieron más suerte en la vida que él: la mayoría estudió empresariales, y se dedicaron a la pequeña y mediana estafa; otros estudiaron periodismo, y ahora están en paro; otros son tertulianos profesionales en programas televisivos; otros buscan asiduamente en la basura para poder comer y los más guapos, se hicieron modelos de pasarela femenina. El caballeroso, y sin que haya ningún motivo aparente, pero es que de algún modo tiene que acabar esta historia, el caballeroso, digo, acabó en la cárcel, de compañero de celda de Martín: ambos planeaban juntos sus huidas, y se defendían mutuamente de aquellos que los quisieran sodomizar en algún momento. Un día, para sorpresa de todos, incluso de ellos mismos, por fin se escaparon y la policía, como no supieron por dónde comenzar a buscar, borraron sus nombres de la lista de reclusos, y si te he visto, no me acuerdo… Lástima que camino de Suiza, se pelearan por quién debía conducir el coche, si ellos o el taxista, y acabaran delatándose el uno al otro. Volvieron a la cárcel, donde sufrieron todo tipo de vejaciones, unas veces por delante, y otras veces por detrás, y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Toda historia necesita un… EPÍLOGO

En el verano de 2058, el caballeroso y Martín salieron de la cárcel con libertad condicional: la condición era que no volvieran. El caballeroso así lo hizo… Pero Martín no cumplió la promesa, y reincidió en el alquiler de “Ghost”. Esta vez fue condenado a la horca.


* Los que deseen conseguir la filmografía completa de siete películas de Martín el Reo, sólo tienen que dirigirse a su videoclub más cercano, y rebuscar en la sección de Thrillers eróticos de acción..

LA AZAROSA VIDA DE UN CABALLERO AUTÉNTICO / 4

Wednesday, May 14th, 2008

Rita y el caballeroso comenzaron a vivir juntos: él le preparaba el desayuno, y ella lo engañaba con el vecino del tercero primera; él fregaba los platos, y ella se acostaba con el carnicero de la esquina; él preparaba la cena, y ella tenía una aventura con el convicto (y a ratos ex-convicto) Martín. Sin embargo, nadie era más feliz que entonces el caballeroso. Dicen que la ignorancia tiene esas cosas. Un día, estando los dos en casa, algo raro de verdad, se apareció sobre el televisor el señor del sofá: le preguntó al caballeroso si había visto su reloj, porque no lo encontraba dentro de su fosa, el otro respondió que no y volvió a desaparecer. Al cabo de unos días, el caballeroso se fue de casa, pues sorprendió en la cama a Rita con el etéreo señor del sofá: al parecer, mientras él estaba en un motel dando piruletas a cinco niños, el señor del sofá se apareció sobre la mesita de noche buscando su radio portátil (porque ese día jugaban la Superbowl y no se la quería perder) y Rita le dijo que ya que estaba allí, podían tener una relación sexual extrasensorial pasajera, superflua y sin compromisos de ningún tipo. Al señor del sofá le pareció bien… y hasta se le olvidó lo del partido. Entretanto, Nora seguía tan santa como siempre; y a Martín le daban una celda nueva: la estrenó escapándose dos horas después. Lo pillaron al día siguiente en un videoclub, cuando alquilaba “La fuga de Alcatraz”, “Cadena perpetua”, “La gran evasión” y “Ghost”. Por alquilar ésta última, le impusieron siete años más de condena a trabajos forzados.

Solo, sin amor, perdido en la ciudad, el caballeroso se refugiaba de la lluvia bajo un puente. Para agravar su pena, un coche lo mojó al pasar, dos rateros le robaron los zapatos y la cartera, una niña le pegó dos patadas en sendas espinillas, un rayo derribó un árbol pillándolo a él debajo, perdió 40 millones (que no tenía) en el casino y la policía lo confundió con un recluso fugado. Estuvo en la cárcel hasta que al día siguiente detuvieron al reo en un videoclub. Le pidieron disculpas por las molestias y lo devolvieron al puente bajo la tormenta. En el puente, un cazatalentos lo fichó para hacer de payaso en un programa de la tele: lo tenía que presentar. Se convirtió entonces en una superestrella: las mujeres lo adoraban, los hombres lo adoraban, los niños ansiosos de piruletas lo adoraban, los perros lo adoraban, los bebedores compulsivos de vodka con lima lo adoraban… A los únicos a los que no les caía bien era a los que buscaban chatarra en las playas, no se sabía por qué. Su vida dio un giro espectacular, de unos 10º. Ahora parecía que las cosas sí le comenzaban a funcionar, aunque no para Rita, que se separaba del etéreo señor del sofá, de nuevo a causa de la infidelidad… pero esta vez de él, con una profesora sueca de aeróbic. Nora, por su parte, seguía muy santa; y Martín se apuntó a cursillos de teatro en la prisión y aprovechó la noche del estreno para hacer mutis por el foro.

Tanta fama para el caballeroso acabó abrumándolo: dejó el mundo de la televisión, cobró su prima por inutilidad y se compró una casita en el campo para él y su nueva novia, una azafata del programa con grandes atributos, delicadas manos y debilidad por todo lo que tuviese relación con la Segunda Guerra Mundial, sobre todo si era ario, fan del heavy metal alemán y experimentase genéticamente para conseguir una raza superior. La azafata montó en casa un altar muy bonito, con velas aromáticas y fotos de Hitler, que dejaba visitar asiduamente a todos sus amigos, llamados Günther, Hans o Adolf. El caballeroso, mientras su novia organizaba reuniones secretas para dominar el mundo, se encargaba de quitar el polvo de las estanterías, o de aprenderse de memoria las instrucciones del vídeo, o se iba de compras. En la cola del supermercado conoció a la hermosa Nora: ella era una santa, no había roto nunca un plato, amaba a todos los seres sobre la capa de la tierra y era tan buena que Dios le hizo engendrar una hija que después se llevó con él, para que predicase su Palabra por todos los confines de la Galaxia. La palabra era “pato”. Nora no caminaba, sus pies siempre estaban a un metro del suelo, lo que supone un gran problema cuando tienes que empujar un carrito por una serie de pasillos laberínticos, buscando latas de conserva y bolsas de patatas. El caballeroso se ofreció para ayudarla y eso hizo que se conocieran mejor, se gustaran y empezaran a salir: iban al cine, siempre en la última fila, porque ella levitaba y no dejaba a nadie ver la película; también iban al fútbol, pero gratis, ya que ella lo agarraba y miraban el partido desde fuera, mejor que en la tele… Era un cuento de hadas. En ese momento, el caballeroso se acordó de que había dejado a su novia sola en casa con un grupo de hombres armados, de pelo rubio y metro noventa y siete… y en la cocina un pollo en el horno. También se había dejado el gas abierto y una llama ardiendo muy cerca, cosas que pasan. Cuando regresó a casa, ésta había volado por los aires, y con ella, ellos, y ella, o sea, ellos, es decir, todos. El caballeroso se apenó un segundo (“Era un poco nazi, pero estaba muy buena”) y volvió con Nora, que lo recibió con los brazos abiertos y en cruz. Fueron felices durante 7 años y 7 meses y tuvieron 12 hijos, todos ellos varones. El día en que Nora cumplió 33 años, abandonó al caballeroso para irse de misionera al África Central y no se volvieron a ver nunca más. Se llevó a sus 12 hijos con ella y, todos juntos, se pusieron a predicar en el desierto la Palabra de Dios. Como era de esperar, nadie les hizo caso y acabaron dedicándose a la televenta de aparatos inservibles de cocina.

(CONTINÚA…)

LA AZAROSA VIDA DE UN CABALLERO AUTÉNTICO / 3

Tuesday, May 6th, 2008

El caballeroso acabó dejando las enciclopedias: le costó lo suyo, tuvo que hacer terapia y todo, pero al final lo consiguió. No dejó en cambio la droga, ni el alcohol, ni el tráfico de fotos porno. Un martes (o un jueves) entró a trabajar como Teniente Coronel de las Fuerzas Armadas… pero como no le gustaba tener que levantarse tan temprano, se conformó con ser cabo. Cuando le dijeron que los cabos también se levantaban temprano, dejó el ejército definitivamente y, hacia las seis de la tarde, se hizo novelista: escribió siete best sellers, un cuento para niños y 621 recetas de cocina, todas ellas copiadas. Mientras, Rita intentaba curarse su ninfomanía galopante asistiendo a clases de croché. Se acabó acostando con la profesora; Nora seguía siendo una santa y Martín logró que lo condenaran a la silla eléctrica por matar a 30 reclusos, cuando nadie miraba. Precisamente, como nadie lo vio, lo absolvieron, lo pusieron en libertad, le ofrecieron un trabajo como oficinista que en cualquier momento puede sufrir un ataque de esquizofrenia, mató a 27 compañeros de trabajo y volvió a la cárcel… más o menos sobre la hora en la que el caballeroso se hacía escritor.

Un jueves (o un martes), Helen, la ex, se presentó en su casa: traía consigo a sus hijos y al viejo del sofá. Le dijo, “¡Ahí los tienes, tuyos para siempre!”, y se fugó con su psicoanalista, el cual tenía graves problemas de personalidad: el lunes era un proxeneta chivato de la policía, el martes y el miércoles era el que muere el primero en todas las películas de miedo, el jueves era un camarero que estudiaba para actor y/o bailarín, el viernes hacía de silla en una tienda de muebles, y el fin de semana era el delantero centro que siempre da positivo en los anti-doping. El caballeroso se quedó un minuto mirando a sus hijos y como no los reconoció, pidió al juez que se los devolvieran a la madre. Ella tampoco los reconoció, y eso que llevaba sus gafas nuevas. Los niños se hartaron de esperar a que sus padres se pusieran de acuerdo, se fugaron, montaron una empresa de forjados metálicos, entraron en bolsa y se hicieron ricos en un tiempo récord. Se casaron todos ellos con modelos anoréxicas, cada uno tuvo un número indeterminado de hijos, un número indeterminado de nietos… y así, sucesivamente. El caballeroso y el señor del sofá, en cambio, acabaron haciendo muy buenas migas: iban de pesca juntos, montaban en los caballitos, asistían a galas benéficas a favor de los necesitados, hacían llamadas obscenas a ancianitas solitarias y robaban estatuas de las iglesias. Como el caballeroso se dio cuenta de que últimamente estaba un tanto traicionando sus principios, mató al señor del sofá (de una forma muy amable, claro: primero le pidió permiso) enterró el cuerpo y nunca más se supo. El caballeroso empezó a deambular entonces por los parques del siglo XIX, buscando damas a las que ayudar, mujeres a las que seducir y niños a los que ofrecer piruletas. Allí conoció a Rita, una devorahombres veinteañera, con desdoblamiento de personalidad, trastornos psicosomáticos y un lunar en la mejilla. En el parque, en cambio, no conoció a Nora, que era una santa; ni a Martín, que excavando un túnel bajo la prisión tuvo tan mala suerte que fue a topar con la tubería del gas, hizo estallar el recinto y, lo que es peor, tuvo que pagar los desperfectos.

(CONTINÚA…)

LA AZAROSA VIDA DE UN CABALLERO AUTÉNTICO / 2

Sunday, May 4th, 2008

El caballeroso le acabó confesando a Lucifer que él nunca había hecho nada malo en toda su vida, que era un hombre bueno, que colocaba su gabardina sobre los charcos (pero enseguida la quitaba si alguna mujer se atrevía a cruzar), que daba piruletas a los niños (a cambio de favores sexuales) y que nunca conducía a más de 20 (incluso en autopistas, autovías y carreteras de un solo carril, en donde estuviese prohibido adelantar). Lucifer entendió que se encontraba ante un hombre demasiado bueno, y que no tenía por qué soportar una eternidad rodeado de actores de culebrón, directores de teatro, bomberos y cantantes melódicos. Después de darle su prima por inutilidad, le firmó un salvoconducto con el que pudo volver a la tierra, reencarnado en vendedor de enciclopedias. Rita, por su parte, se casaba por novena vez… y se divorciaba dos días después, porque su marido la pilló en la cama montándoselo con un diccionario de la Real Academia. El diccionario se fugó finalmente con una bailarina de striptease que le dio siete hijos y nueve entradas nuevas, todas ellas vulgarismos. A su vez, Nora seguía siendo una santa; y Martín volvió a la cárcel el 17 de mayo. Al día siguiente, se escapaba otra vez… durante media hora y apareció justo para la cena.

El caballeroso vendió 402 enciclopedias, fue nombrado empleado del año y su jefe le regaló un viaje para tres personas por los Estados Unidos. Como en todo el planeta no había dos personas que quisieran acompañarlo a ningún sitio, el caballeroso se fue sólo: estuvo en Hollywood, donde vio unas cosas muy bonitas; en San Francisco, donde visitó unos museos muy interesantes y vio algo que había en una calle; y estuvo en Nueva York, donde vio una estatua que estaba muy bien y otra cosa más. En Texas se hizo de una secta satánica… de la que fue expulsado cuando aseguró que el grupo favorito del demonio eran los Bee Gees y no Marilyn Manson, como creían todos. Aprovechó su estancia allí para presentarse a las elecciones presidenciales, que no ganó por tener un coeficiente demasiado por encima de la media: en el test dio 2. De todas formas, se llevó su prima por inutilidad y volvió a casa con un montón de souvenirs… que no pudo regalar a nadie, pues no tenía amigos.

Un día que se aburría mucho y no sabía qué hacer, decidió ponerse trascendental y planear el resto de su vida. Esto le llevó unos cinco minutos. Luego decidió que lo que tenía que hacer era sentar la cabeza y casarse: lo hizo en una iglesia sin cura ni monaguillos, sin familiares ni testigos y hasta sin novia. La vida de casado le iba muy bien: no discutía nunca, ni se levantaba por las noches para cambiar pañales, ni sentía celos porque su mujer ganase más dinero que él… ¡y ni siquiera tenía suegra! ¿Qué más podía pedir? La vida de casado, pensó, era una maravilla. Sin embargo, con el tiempo, la relación consigo mismo se fue enfriando. Todo acabó cuando se encontró engañándose con otra persona: decidió entonces pedirse el divorcio. Se quedó con la casa y con el coche. Para celebrarlo, se fue de viaje…

- ¡Basta!
- ¿Cómo?…
- ¡Maldita sea! Autor, ¡es la tercera vez que viajo, ya! ¡Estoy hasta las narices de viajes! ¡Si a mí ni siquiera me gusta viajar! ¡Hasta me mareo en el ascensor, figúrate!
- Ya… ya… perdona, lo siento… es que me quedo sin ideas y no sé qué poner… utilizo el recurso del turismo para llenar páginas… Va muy bien, ¿sabes?
- ¡Me da igual! ¡Invéntate otra cosa, pero no me hagas viajar más, o me enfado!
- Vale… lo siento… ¿me perdonas?
- Ya veremos.
- Bueno… Sigo, ¿vale?
- Vale… pero que sepas que te estoy vigilando…

(CONTINÚA…)

LA AZAROSA VIDA DE UN CABALLERO AUTÉNTICO / 1

Saturday, May 3rd, 2008

Él era un hombre mediocre; pero no un hombre mediocre cualquiera, un mediocre auténtico, con todas las de la ley… No… Esto no funciona. Mejor, digamos que era un hombre fuerte, poderoso… No, tampoco. A ver… Era un auténtico caballero… ¡Sí!, eso está mejor. Era un auténtico caballero, un hombre que creía en el honor por encima de todo, y en la amistad. Protegía de la lluvia a las damas y cedía su asiento en el teatro; nunca despreciaba una invitación y siempre se dejaba timar, si lo hacían de una forma elegante. Pero no hablemos de él, hablemos de Rita: con 20 años había vivido más que muchos, había tenido infinidad de relaciones amorosas y todas ellas habían acabado mal. Rita no sabía ser fiel ni queriendo. A Rita no le importaba engañar, la verdad es que no entendía el amor sin poner los cuernos a su pareja. Para ella, la felicidad era eso. Pero tampoco hablemos de ella, que me resulta aburrido. Hablemos de Nora, que era una santa… O mejor, hablemos de Martín, que se había escapado de la cárcel hacía tan sólo una semana… Esto no está resultando… Volvamos al caballero auténtico: conoció a una mujer, Helen, que lo amó incondicionalmente. Le dio los mejores años de su vida, pero ni aún así él mostraba ningún sentimiento hacia ella; pero como era un caballero, no se lo decía, simplemente la abandonó, dejándole las letras del piso, la bañera llena de pelos, el coche en el mecánico, el cuidado de los niños y, sentado en el sofá, un señor mayor que un día se encontró por la calle. El caballero auténtico emprendió viaje: visitó París, donde se compró un gorro de cowboy; conoció Londres, en donde regentó tablaos flamencos; y se paseó por Viena, en donde asistió a 832 y medio conciertos de rap. A mitad del 833 se acordó de que odiaba el rap y se largó. Finalmente, volvió a su ciudad y se puso a trabajar, algo que no hacía desde 1963: se encargó de molestar a los enfermos de los hospitales, porque siempre hay gente que habla alto en la sala de espera y lo que no se sabe es que están pagados precisamente para ello. Claro está, el hombre realizó fatal su trabajo, porque los caballeros, primero, no hablan alto y, segundo, mucho menos molestan a los desvalidos. Los enfermos se quejaron a la empresa, pues durante su estancia nadie les había incordiado, y cuando al hombre se le cumplió el contrato, lo despidieron. Con el dinero que ganó, más una prima por inutilidad que la empresa insistió en pagarle, fundó una productora de cine: hizo tres películas, todas ellas malas, vendió los derechos, los yanquis hicieron sendos remakes a cada cual peor, y luego el gobierno le quitó la productora por constituir un peligro para la cultura nacional. También le pagaron una prima por inutilidad.

En verano, se fue a la costa francesa, a ligar con viudas millonarias… pero con lo único que logró ligar fue con una drag queen llamada Eloÿze, que acabó abandonándolo por un dentista manco que aseguraba ser un hermano bastardo de Jesús… Según él, tenía tres. Como el caballeroso dedujo que su vida no tenía sentido y que nada de lo que hacía satisfacía a nadie, lo que era verdad, compró un rifle de repetición y se voló la tapa de los sesos repetidamente. Cuando llegó al Cielo, Dios le prohibió la entrada, porque no le gustaba su ropa (“¡El negro no se puede combinar con el azul!”) y lo mandó al Infierno, en clase turista y fumador. El hombre no había fumado en su vida, pero en el avión se hizo adicto; antes de bajar, asistió a un cursillo para dejar el tabaco, que superó con un diez… más una prima por inutilidad. En el Infierno conoció a Lucifer, que resultó ser muy simpático, fan de la música disco, perito agrónomo y manipulador de alimentos. De joven, cuando trabajaba en una hamburguesería, fue despedido precisamente por manipular demasiado a los pepinillos: los convencía de que nadie los respetaba, que ellos eran lo primero que la gente quitaba, que lo que tenían que hacer era rebelarse, armarse hasta los dientes y atracar supermercados. Cuando un pepinillo amenazó con arma blanca a un farmacéutico para que le proporcionara una dosis de lo que fuera, la policía fue a buscar a Lucifer, lo detuvo por allanamiento de morada, y como no había allanado ninguna morada, lo soltaron por falta de pruebas. Luego entró a trabajar en una pizzería y pasó exactamente lo mismo, pero esta vez con el colectivo de anchoas.

(CONTINÚA…)