Guión y Dirección: FRANCESC PÁEZ y ANDRÉS GUTIÉRREZ MAS
Producción: LA MÁQUINA DE RODAR


Guión y Dirección: MARIO LUNA y DAVID BOMBAI
Producción: LA MÁQUINA DE RODAR



Debido a ciertas desafortunadas escuchas telefónicas por parte del FBI, Tiberio abandonó de inmediato la agencia y se refugió sin motivo alguno en la mansión de la señorita Bascombe, una amazona experimentada que comenzó a montar potros a la edad de 15 años y, ahora, aburrida de ellos, no sabía qué hacer con su vida. Tiberio la instó a visitar África y buscar allí la inspiración necesaria. El tiempo en que ella estuviera fuera de casa le serviría para esquivar a los federales y poder preparar así su próximo golpe: día sí, día también, Tiberio había notado la presencia fuera de la casa de un joven apocado e insulso que aguardaba el momento oportuno para confesarle a la señorita Bascombe el inmenso amor que sentía por ella (y también por su desorbitada fortuna). Tiberio, cual Cyrano de Wisconsin, se juró a sí mismo ayudar altruistamente al chico, por una razonable cantidad monetaria.

-       ¿Y qué le digo? – preguntó el muchacho, de nombre Neville – Cuando estoy cerca de ella me quedo sin palabras… Sobre todo cuando le miro el enorme diamante que lleva colgado del cuello.
-       A cualquiera en tu situación le pasaría lo mismo – comprendió Tiberio -, pero debes sobreponerte y decirle algo bonito, como por ejemplo: “Tus ojos relucen casi tanto como el oro que hay en tu caja fuerte”.
-       Eso está muy bien, porque además es verdad.
-       Claro. Y ahora, ve a por ella.

La señorita Bascombe volvió de su viaje montada en un esbelto rinoceronte de pura sangre, y se sorprendió al ver al joven Neville, el chico que había trabajado como criado en su casa desde los 5 años, delante de la puerta, con un ramo de rosas rojas y una carta manuscrita que leyó mientras ella desmontaba:

“Querida señorita Bascombe: desde que tengo uso de razón que he querido echarle mano a su fortuna, aunque tuviera que casarme para conseguirlo. Ahora, desahuciado y sin un céntimo en el bolsillo, le pido de todo corazón que se case conmigo. Firmado: Tiberio… Perdón. Neville”.

Dicho y hecho: la señorita Bascombe aceptó la romántica propuesta de Neville y se casaron dos meses después, en una hermosa ceremonia oficiada por un párroco que le debía dinero a Tiberio a causa de innumerables y peligrosas deudas de juego. Neville y la señorita Bascombe fueron inmensamente felices a partir de ese instante, aunque quizás Neville lo fuera más, al descubrir por fin que un Bentley alcanza los 100 km/h en 30 segundos y 2 décimas.

Por lo que respecta a Tiberio, cometió perjurio 116 veces y fue derechito a la cárcel: en ella conoció a un abogado experto en fugas, llamado Lincoln Smuff, que le preguntó si ahora que había acabado con sus huesos en la cárcel estaba orgulloso de lo que había hecho con su vida. Tiberio, con una sonrisa en sus labios producto de una misiva de amor escrita por un tal Conde von Von, no tuvo respuesta alguna para eso; sólo sintió una maravillosa sensación de completa y total satisfacción… seguida de un inexplicable y agradabilísimo cosquilleo en la punta de los pies.


LA VIDA REAL DE TIBERIO BABIA

Esta es la historia de un hombre sin tacha, una vida que servirá de ejemplo a las generaciones futuras. Tiberio Babia nació en el seno de una familia humilde de trapecistas eslovacos, cuyo mayor objetivo era el de poseer un circo propio. En medio de un triple salto mortal, Tiberio se esfumó dejando tras de sí una estela de tristeza y desazón sólo comparable a la pérdida de un hijo, que fue precisamente lo que se perdió.

Después de un par de años de vagar por el país y de 6 meses de alquileres impagados, Tiberio conoció a su mentor, el viejo Dr. Thaddeus Finkel, un hombre con un único y quizás absurdo sueño: atravesar el país en barco, su medio de transporte favorito después del avión, el tren, el autobús, el coche, la motocicleta, el zeppelín, el globo aerostático y la segadora Blade 3000. Finkel pagó todas las deudas de Tiberio y lo cuidó como a un hijo; Tiberio, a cambio, le ayudó a conseguir lo que más anhelaba: juntos construyeron una pequeña canoa de 16.000 metros de eslora, dos salones restaurante y un campo de golf. Finkel surcó así los mares entre Washington y Topeka, Kansas, feliz y risueño, y a cambio le dio a Tiberio el mejor consejo que jamás podría darle nadie: “¡Búscate la vida y no me toques el timón!”.

Para buscarse la vida, Tiberio trazó un plan que constaba de tres fases: como la primera ya fue un fracaso, lo dejó correr y comenzó a hacer lo que mejor sabía, que por supuesto no tenía nada que ver con el crimen organizado. Abrió una agencia de viajes en la Cuarta con Main y hasta ella llegó el matrimonio Grossberg con una propuesta de lo más inusitada: querían ir a la Luna en primera clase y sin escalas. Tiberio, entre interrogatorio policial sin motivo aparente y persecución a toda velocidad por el condado de Sussex, lo dispuso todo para que el señor y la señora Grossberg pudieran codearse de tú a tú con los selenitas, y a ser posible sin un croma.

-       Oh, señor Babia, no podremos tener nunca suficientes palabras de agradecimiento para usted… - dijo la señora Grossberg a través del intercomunicador mientras tejía calceta en la estación lunar.
-       No se preocupe. Limítense a pagarme con billetes pequeños y sin marcar – respondió Tiberio.
-       No queremos parecerle desconsiderados, ¿pero aquella oferta para Florida 2×1 sigue en pie? – inquirió el señor Grossberg, mientras alimentaba tiernamente a los caracoles que un difunto astronauta dejó huérfanos y sin comida.
-    Por supuesto – respondió el bueno de Tiberio -: el señor y la señora Mumberg disfrutan ahora de ella.

(CONTINÚA…)


Ahora Tiberio requería de la ayuda de Neville para que ese turbio pasado suyo jamás fuera revelado, y en su lugar cambiarlo por una hermosa biografía que de paso tapase sus relaciones con la Mafia, el narcotráfico y el miedo irracional a los espacios cerrados de color beige.

-       Perfecto. Por lo que veo, tenemos mucho trabajo por hacer – concluyó Neville.
-       Sí, bueno, digamos que he vivido lo mío.
-       ¿Quién le gustaría ser?
-       ¿Podría ser una bailarina de striptease de Nevada, con tres hijos y un perrito llamado Skippy?
-       Por supuesto.
-       ¿En serio? ¡Genial!
-       Trataba de ser sarcástico: no creo que le convenga. Más bien de Connecticut.

Neville y Tiberio pasaron noches enteras en vela inventando posibles vidas pasadas que dieran al traste con la cruda verdad. ¿Sería Tiberio un militar retirado que ahora se ganaba la vida como actor en paro? ¿Pasaría por un productor de televisión adicto a la naftalina? ¿Encajaría como fumador de puros empedernido con predilección por el chocolate blanco y las galletitas integrales? Y lo más importante, ¿serían todas esas posibles nuevas vidas unas vidas que mereciese la pena vivirlas, aunque fuera de mentira?

Sesenta años y 65.700 desayunos, comidas y cenas después, Tiberio y Neville llegaron a un primer boceto de lo que podría ser la biografía falsa perfecta del criminal más buscado de Oklahoma y alrededores.

(CONTINÚA…)


Neville se estiró en el sofá y, adoptando una pose lo más sexy posible, prosiguió la conversación:

-       ¿Me permite una pregunta? – dijo Neville.
-       Si no es difícil y hay premio… - sonrió Tiberio muy pícaro.
-       Por supuesto… - guiñó con el ojo derecho - ¿Por qué necesita usted una biografía falsa?
-       Bueno, eso es algo fácil de explicar, y difícil a la vez. Pero no seré yo el que se lo prohíba saber.
-       Adelante pues.

Y Tiberio le explicó a Neville con pelos y señales a qué se debía su petición: corría el año 1897, hacía calor y los cerezos estaban en flor en el centro de Londres. Soplaba una deliciosa brisa marina típica del East End y todos los habitantes cantaban con jolgorio canciones oriundas de los Alpes. En un pequeño cuarto cercano a la calle Newshire, a tres pasos del mercado y a dos de la acera, un joven Tiberio Babia intentaba dar por finalizados sus experimentos para traer a la vida a todo tipo de seres inertes, como bayetas, pompones y también personas. Pero sobre todo, bayetas y pompones.

Casi a punto de acabar sus investigaciones, una extraña carta llegó hasta sus manos: el Conde von Von requería de sus servicios para una compra-venta de terrenos en Carfax, unos viñedos en Halifax y varios inmuebles en Asterix. Tenía el Conde von Von una extraña afición: sorber la sangre a la gente con cuchillo y tenedor, que no era muy higiénico porque lo dejaba todo perdido, pero es que el hombre jamás había podido comer con las manos. Tiberio se dejó sorber, debido al respeto que le merecía su carné de donante de órganos.

Vivieron así juntos durante años: eran la pareja perfecta; mientras uno cocinaba, el otro ponía la mesa; pasaban de mutuo acuerdo las Navidades en Aspen y los veranos en los Hamptons; se profesaban todo el amor del que dos hombres, uno normal y otro vampiro, eran capaces de profesarse.

Sin embargo, aunque el Conde tuviera el amor de Tiberio, y debido a su excéntrica afición para con los seres humanos, no era feliz. Su psicoanalista, el Dr. Augustus Maria Jekyll, reputado especialista en el campo de la neurología y excelentísimo jugador de tenis (sobre todo en torneos de dobles), le aconsejó huir bien lejos, más allá de los Cárpatos, hacia tierras extrañas y desiertas. De lo contrario, algún día, una masa enfebrecida de señores con antorchas se presentaría a las puertas de su castillo y le destrozaría las alfombras de cachemir y la cristalería de Bohemia.

El Conde así lo hizo: puso pies en polvorosa y se esfumó igual que la bruma en la que se transformaba para cazar a sus inocentes víctimas. Algunos dicen que se refugió en la Selva Negra; otros que se escondió en el Ártico con tres suecas voluminosas y una botella de whisky escocés. A partir de ese momento, sería un mito, una leyenda, poco más que un susurro, un chasquido de dedos en mitad del frondoso y alejado bosque. El Conde se convirtió en el Hombre Invisible.

Nadie sabe pues a ciencia cierta lo que fue de él, pero sólo hay segura una cosa: que Tiberio, entre robo y robo, entre secuestro exprés y secuestro exprés, siguió buscando al Conde, detrás de cada muro, de cada esquina y de cada Banco de Sangre. Se casó con una bella mujer que nunca aprobó las matemáticas y a partir de entonces llevó una vida honesta y recta, si no tenemos en cuenta sus atracos, asesinatos y sobornos a futuras estrellas de la canción ligera.

(CONTINÚA…)


El Sr. Babia, o como muchos le apodaban “El sátrapa de Nueva Orleáns”, era el cliente perfecto en todos los sentidos: a los cinco años atracó el Banco Central armado con un biberón repleto de nitroglicerina; a los doce fundó con sus amigos “El club del crimen organizado de Wichita (“no se permite la entrada a chicas”)”; a los veinte estafó a la firma de abogados Smith, Himmelstein & Baskin haciéndose pasar por una adorable ancianita que quería cobrar la pensión completa de su difunto marido, el multimillonario John D. Rockefeller; a los treinta roció con cocaína medio Panamá, desde el garito más sórdido a la discoteca de moda (después se le ocurrió que quizás habría ganado más dinero de haberla vendido); y a los cuarenta y pico, con dos hijos en la cárcel y una esposa a punto de conseguir el graduado escolar, tenía todo un imperio a sus pies gracias a la reventa de entradas de conciertos escolares y al tráfico de armas.

Tiberio, una figura de proporciones exquisitas y modales excelentes, salió a recibirle: después de dos o tres disparos de escopeta y unos cuantos alaridos ensordecedores, Neville pudo hacerle entender que era el hombre al que él había mandado venir y no un asesino a sueldo pagado por la competencia. Quizás Tiberio lo hubiese entendido antes si Neville no hubiese respondido a las ráfagas con la Lugger de su abuelo Hans. Tras unos sangrientos 45 minutos y 13 segundos, Neville entró en la casa acompañado de un malherido Tiberio, que muy amablemente le interrogó a punta de pistola sobre sus intenciones y le explicó los motivos de su llamada:

ESCENA CINCUENTA Y SIETE
Interior / Día / Tiberio apunta con su gran pistola al señor Blumberg, un hombre tremendamente apuesto y con una dicción superlativa.

TIBERIO
¿Cuál es su color favorito?

NEVILLE
El de los billetes de cien dólares.

TIBERIO
¿Le gusta la playa en invierno?

NEVILLE
Me gusta comer desnudo los miércoles.

TIBERIO
¿Conoce mis actividades profesionales?

NEVILLE
No, sólo sé que cuando me encuentro bien, siento un agradabilísimo cosquilleo en la punta de los pies.

Dicho esto, Tiberio guardó su arma, se sentó al lado de Neville, le estrujó los carrillos y después de un par de besos y unas cuantas caricias, le expuso su caso:

-       Necesito de sus servicios, de los que tan bien me ha hablado la señorita Smuff.
-       ¿La conoce usted?
-       A decir verdad, no. Si tengo que ser sincero, lo he leído al principio.
-       Siempre me pasa lo mismo.
-       Y bien, ¿podrá usted ayudarme?
-       Aún no me ha dicho lo que quiere.
-       Creo que es evidente.
-       Me lo figuraba: está bien, pero que sea rápido.
-       No me ha entendido: lo que quiero es que limpie mi nombre…
-       De acuerdo. Si le parece, empezaré por el baño.
-       … en el sentido figurado, por supuesto.
-       Entonces, lo que quiere es una biografía de la casa Neville Blumberg, marca registrada.
-       No tengo inconveniente en pagarle una cantidad de seis ceros.
-       ¡Me ofende usted! ¿Se ha creído que yo trabajo gratis?
-       Muy bien, haré una excepción: delante de los ceros pondré un uno.
-       Y después del uno ponga un punto, no una coma.
-       Me ha pillado usted otra vez.

(CONTINÚA…)


A la hora de escribir falsas biografías, Neville Blumberg era el número uno. Tenía un sexto, y hasta un séptimo y un octavo, sentido para reconocer qué hechos y qué personajes secundarios no habían pasado ni por asomo por la vida de su biografiado. Divisaba a kilómetros un hecho verídico y lo sorteaba con la mayor pericia posible, hasta dar con la más increíble mentira imaginable.

De esa forma relató el encuentro entre Abraham Lincoln y la señorita Adelaida Smuff, su profesora en cuarto curso; el viaje en barco del Dr. Thaddeus Finkel de Washington a Topeka; o el alunizaje del señor y la señora Grossberg, un matrimonio de jubilados de la zona este de Queens.

Blumberg disponía de todo lo necesario para llevar a cabo su tarea: unos padres que habían luchado cubiertos de barro el uno contra el otro durante 40 años; un hermano astronauta pionero en la cría de caracoles en el ciberespacio; una mujer campeona de equitación con rinocerontes; y unos hijos gemelos que nacieron en abril. Blumberg sabía a lo que se atenía, y era capaz de dotar de la misma vida de la que él alardeaba a cualquier ser humano que se lo pidiera dos veces, de rodillas o estirado, con bombones rellenos y recitando pasajes del Rey Lear al revés; Blumberg en eso siempre fue modesto: no pedía demasiado.

Quería ofrecer su virtuosismo a cualquiera, no era puntilloso, como cuando hizo repetir a su maestra 500 veces en la pizarra “No confundiré Suramérica con una escalopa milanesa nunca más”. Los viejos tiempos. Ahora Blumberg sabía lo que la gente quería, y se lo proporcionaba como un buen samaritano. Winston Churchill le dijo una vez que quien tenía un don y no lo compartía de buena voluntad no merecía vivir tres días seguidos, y mucho menos beber champán a altas horas de la madrugada, desnudo y bien acompañado.

Por eso, cuando un hombre de vida disoluta y dedicada al crimen como Tiberio Babia le pidió que limpiara su nombre, Blumberg no pudo negarse.

Llegó tarde a la cita, como era habitual en él, dos horas como poco, porque llegar en punto hubiera sido quizás incluso deshonroso y, sobre todo, poco honesto. ¿Iba a darle esperanzas acerca de su profesionalidad? Si el tal Babia no reconocía su valía a primera vista, no merecía una falsa biografía con su nombre firmada. Babia tendría que aceptar sus malos modales, sus desaires y su gorra de los Yankees, incluso a la hora de comer. Babia tendría que soportar noches de calor con Neville encendiendo la chimenea; y tendría que aceptar bofetadas matutinas a la hora del desayuno. Babia tendría que ver cómo Blumberg apedreaba su limusina desde un puente; y tendría que llorar tanto como él visionando una y otra vez “Memorias de África” con Meryl Streep.

Tiberio Babia vivía en una lujosa mansión a las afueras de Detroit, rodeado de vecinos tan ilustres como Jack Wickenkroff, Lillian Barryhouse o Clinton Fushmergher, centenarios trabajadores de General Motors que recorrían las calles en busca de comida y cobijo. Neville pensó en lo bien que se debía de vivir en ella, en lo a gusto que estaría por las noches y en cuánto dinero en efectivo debía de haber. Fantaseó con la hermosa idea de arrancarle el corazón a Tiberio, esperar a que se desangrase, enterrar el cuerpo en cal viva y adueñarse de su propiedad. Soñó despierto que corría y corría por sus laberínticos jardines persiguiendo a sus sirvientas, cuchillo y cerveza en mano. Pensó en cuánta gente cabría en la casa en su fiesta de cumpleaños; y a qué velocidad máxima podía correr un Bentley.

(CONTINÚA…)


Aquí en Hollywood no tenemos escaleras. Todo está a ras del suelo. Corría el año 1924 cuando nuestro alcalde, el insigne Milton Brockbury, decidió eliminarlas. No se conoce exactamente la razón de este curioso fenómeno, pero lo que sí sabemos era que Milton odiaba realizar cualquier tipo de esfuerzo. De pequeño, cuando su madre lo llevó por primera vez a la gran ciudad y se sumergieron en el cine Coliseum para ver una película de su idolatrado Buster Keaton, Milton ya detestó tener que subir la interminable escalinata que llevaba a la sala. Dado que la película dejó mucho que desear, para nada sirvió el duro trance y Milton se juró a sí mismo no volver a subir ni bajar más de un escalón seguido.

Pasó el tiempo y Milton nunca dejó de soñar con un mundo edificado en horizontal, algo que sus coetáneos no estaban dispuestos en absoluto a respetar. “¿Qué sería del progreso sin un bonito rascacielos?”, rezaba la publicidad de una famosa empresa constructora de Nueva York.

Milton huyó hacia un esperanzador futuro, a una ciudad de próxima edificación en la que la gente del espectáculo camparía a sus anchas. “Y lo harán en fila india”, se dijo él. Con el tiempo, y unas democráticas elecciones amañadas, el siempre cansable Milton se hizo con la alcaldía.

De mucha ayuda para sus planes fueron las productoras de cine, con sus grandes estudios de una sola planta, magníficas construcciones que albergaban en su interior un sinfín de sueños próximamente en celuloide. Milton lo vio claro: “Incluso adoraremos a nuestros ídolos en plena acera”. Hasta Marlon Brando se tendría que arrodillar para dejar su huella grabada en ella.

Milton llegó a la vejez arropado por el lecho de algodón que se había erigido a su alrededor; una ciudad a su medida, un vasto campo superficial y sin pendientes a salvo del más mínimo ejercicio físico. Muchos dirán de él que sólo fue un vago, pero los que le admiramos sabemos que siempre será la estrella más significativa del espectáculo… igual que un actor más.