SOBRE LA DIFICULTAD DE ENCONTRAR UN TAXI EN FINLANDIA / y 3

April 22nd, 2008 by davidbombai

Después de eso, todo comenzó a ser diferente: Magnus nunca más volvió a esperar ningún taxi, ni volvió a esperar nada, en realidad. Se convirtió en un hombre gris y anodino sin ningún tipo de particularidad. Un finlandés más. No obstante, y después de que toda su vida haya transcurrido de forma aséptica y aberrante, el 4 de febrero de 2047, cuando cuente con 85 años de edad, tendrá una idea revolucionaria y comenzará por su cuenta la fabricación de un cohete capaz de surcar el espacio y llegar a Marte, en vuelo directo y sin escalas. Morirá dos días antes de poderlo tener acabado y en condiciones óptimas de poder volar.

Su padre, añorando los días en los que su hijo sufría sin motivo alguno, lo que a él le producía lo que con el tiempo denominaría “un matemático placer”, se arrojó al Golfo de Finlandia para acabar cruzándolo y batiendo el récord de permanencia en el agua durante 51 días seguidos, justo los que dura el invierno sin sol en Laponia, lo que tenía más mérito porque todo estaba oscuro, y no se veía nada.

La madre de Magnus, harta del psicoanálisis y de las teorías contradictorias de Sigmund Freud (con el que le unía también la pasión por las alpargatas con formas de animales), abandonó a su marido, según ella un pésimo recolector de setas (además de un mal padre), y se fugó con el Dr. Halonen: vivieron juntos y felices durante más de 50 años, hasta que ella le reemplazó por un joven agronomista francés, a parte de aristócrata, multimillonario, esquizofrénicamente emparentado con Hitler y coleccionista de puntos de sutura en heridas de celebridades.

Sonja, la esposa acongojada de Magnus, escribió una novela de éxito que la catapultó hasta el estrellato: concretamente voló a 200 km/h y se estrelló contra la fachada de la sede central de Nokia en Espoo.

El mayordomo Aki dirigió un falso documental basado en la vida de todos y ganó el Premio Nacional de Cinematografía por “una obra tan bella y conmovedora, como llena de camas elegantemente bien hechas”.

El Dr. Halonen, después de que la madre de Magnus le abandonara, fundó la Asociación del Peine de Helsinki, que junto a la Sociedad de la Escobilla de Wáter y a la Congregación del Ratón de Ordenador, se convirtió en uno de los lobbys de mayor influencia en toda Finlandia.

Matti, el yerno del doctor, impactado por su discusión con Magnus acerca del delantero centro de los Killers de Mikkeli, decidió no darle más importancia al asunto y olvidarlo por completo. De paso también olvidó la cartera en el lavabo de un restaurante de la capital, cuánto es al cambio 4 dólares canadienses, los Juicios de Nüremberg, darle de comer al perro, de qué color tenía los ojos el primo hermano lejano de su primera esposa, qué parentesco había entre los hermanos Karamazov y todo lo referente a la Ley de la Gravedad.

La señorita muy guapa y muy finlandesa que ocultaba un secreto oscuro y pecaminoso nunca supo explicar su presencia explícita en este cuento, pero sacó un 10 en el examen de literatura que tenía esa tarde.

SOBRE LA DIFICULTAD DE ENCONTRAR UN TAXI EN FINLANDIA / 2

April 17th, 2008 by davidbombai

Basándose en la teoría, remota y seguramente equivocada, de que Magnus tenía unas ganas locas de subirse a un taxi y que le diera una vuelta por el centro, el Dr. Halonen convenció a su yerno Matti para que se los llevara de paseo a él y a su madre. Esa era su última opción: si eso fallaba, Magnus sería un caso crónico y sin remedio. El coche de Matti era un utilitario con rejilla para perros: evidentemente, colocaron detrás a Magnus y mientras su madre, en el asiento del copiloto, intentaba calmarle tirándole golosinas a la cara. Según el Dr. Halonen, eso era algo que funcionaba 9 de cada 10 veces, pero con Magnus, la estadística reventó: no sólo bajó del coche gritando “¡Taaaaxi!” con más ganas que nunca, sino que se enzarzó en una agria disputa con Matti porque según él, Jari, el delantero centro de los Killers de Mikkeli, no sabía defender. 

- Señora, ¿tuvo su hijo una infancia feliz?
- Todo lo feliz que puede ser la infancia de un finlandés.
- ¿Le pegaban con la escoba?
- Por supuesto.
- ¿Alguna vez le obligaron a comer cangrejo en mal estado?
- ¡Claro que sí! La pregunta ofende…
- Pues entonces, no entiendo qué extraña desviación tiene su hijo.
- ¿No será que quiere coger un taxi para ir a algún sitio?
- Lo dudo. Sería demasiado fácil, y en el primer párrafo del cuento ya se dice que su hijo no es un hombre fácil.
- ¿Y qué puedo hacer? Es muy duro ver sufrir tanto a un hijo.
- Péguele un tiro.
- No podría… La última vez casi se nos muere.
- Pues sólo nos queda una solución.
- ¿Cuál?
- Simple: ustedes se largan y yo me tomo un Martini blanco y unas patatas. 

En el trayecto de vuelta, que podrían haber hecho en taxi pero la madre consideró que su hijo tenía que aprender que la vida es dura (por eso fueron en tren de Cercanías), Magnus gritó al revisor, y también a unos ancianos que se sentaban delante, y a una señorita muy guapa y muy finlandesa que ocultaba un secreto oscuro y pecaminoso. A todos ellos les increpó para que no fueran por la 42 con Maine, sino que giraran a la derecha y subieran por el puente de George Washington. “Realmente, pensaron todos, así llegaríamos más pronto a casa”.

De regreso al hogar, en un alarde de inteligencia, el mayordomo de la casa, el buen e inteligente Aki, después de disparar una ráfaga de advertencia que destrozó todos los cuadros que conformaban la exquisita colección privada de la familia, convenció al señorito Magnus para que salieran al jardín: disfrutarían de un agradable paseo, y de paso mantendrían una reveladora charla. 

- ¿Es usted feliz señorito Mangus?

- ¡Taaaaxi!

- Eso creía. ¿Ha comido alguna vez vainilla con fresas?

- ¡Taaaaxi!

- ¿Le gustaría ver Madrid?

- ¡Taaaaxi!

- ¿Qué tal su mujer?

- ¡Taaaaxi!

- Hum… ¿Y piensan tener hijos?

- ¡Taaaaxi!

- Sí, es verdad: Alejandro era un gran emperador.

- ¡Taaaaxi!

 (CONTINÚA…)

SOBRE LA DIFICULTAD DE ENCONTRAR UN TAXI EN FINLANDIA / 1

April 16th, 2008 by davidbombai

- ¡Taaaaxi!

Jari es el delantero centro de un equipo de fútbol en declive, lo que no aporta nada a nuestra historia, ya que trata sobre Magnus, el hombre que busca desesperadamente un taxi en Finlandia. Encontrar un taxi en Finlandia es casi tan imposible como limpiar el polvo en una casa sin cristales. Magnus es un incomprendido: sus amigos no entienden por qué no se compra un coche o, simplemente, por qué no coge el metro. Pero él sabe que esa es una solución fácil. Y él no es un hombre fácil.

Su mujer, aburrida de tanta desdicha (pues Magnus espera encontrar un taxi libre incluso viendo la televisión o regando las plantas del jardín), quiere encontrar una solución viable para que su amante esposo descanse en paz, sin tener que recurrir al asesinato. Sonja, que así se llama, le propone dos opciones: en primer lugar, comprarle calzoncillos nuevos; y en segundo lugar, que hable con sus padres. Ellos también buscaron taxi una vez durante 40 años, y lo consiguieron, pero en otro país; sin embargo, así acabó su pesadilla.

- Hijo mío, encontrar un taxi en estos tiempos es una de las empresas más difíciles que puede iniciar cualquier hombre en su madurez. Tienes que pensar si en verdad vale tanto la pena.

Desgraciadamente, la interesante charla acabó cuando Magnus vio una sombra por la ventana, a 30 km/h, y salió tras ella gritando “¡Taaaaxi!”.

Con su madre las cosas tampoco fueron muy bien: ella, psicoanalista de profesión, lo sentó en el diván y se echó las culpas a sí misma por la infelicidad de su amado vástago. La madre tampoco supo explicarle por qué aún se orinaba en la cama, ni por qué sentía pánico delante de un chino, ni por qué sus amigos le apodaban “El violador de Helsinki”. ¿Sería Magnus un caso sin remedio? Su propio hijo, un paria de la sociedad. ¡Qué pena, de verdad! ¡Qué tristeza para una madre!

Decidió viajar con su hijo a la consulta del Dr. Halonen, el eminente psiquiatra lapón, esperando que éste hallara una respuesta satisfactoria. Una vez en la consulta, el Dr. Halonen los recibió con una interesante cuestión:

- Señora, ¿no cree usted que ya tengo suficientes problemas con tener que hablar en finés como para saber también lo que le pasa a su hijo.

- Es una curiosa pregunta, pero por favor, hágamela otro día, que hoy vengo atacada.

El Dr. Halonen se aplicó como nunca con Magnus: le hizo el test de Grüber, y el de Hans-Pzufferberg, la prueba física de Mitchell-Lebembaum y hasta un examen de matemáticas. Magnus se quedó en blanco al llegar a la tabla del 8.

- Intrigante… – afirmó Halonen – Realmente intrigante. Pero lo más intrigante de todo es que me haya dicho “Quédese con el cambio” cuando lo he acompañado en la silla de ruedas.

(CONTINÚA…)

EL AZOTE DEL GÉNERO FEMENINO / y 3

April 14th, 2008 by davidbombai

Ahora que llevas unos cuantos párrafos leyendo, habrás caído en la cuenta: pero, entonces, ¿cómo se reproducirían? ¿Cómo era posible que Henry no acabase paradójicamente también a la vez con el género masculino? Exacto, muy buena pregunta. Y como no sé la respuesta, déjame que siga elucubrando, eludiendo esa importantísima incongruencia en mi relato.

El día que hizo 12.987 desde que inició su maquiavélico y divertido plan, Henry Singular tuvo una revelación: ¿cómo saciaría su sed de relaciones sexuales si llegaba el momento en el que éstas se manifestasen? Estudió anatomía, cirugía, bioquímica y la conjugación del verbo “Retraer” y entonces comenzó a fabricar lo que él dio en llamar “La única mujer perfecta que me hará feliz y me dará placer oral cuando yo quiera”, abreviado, “Srta. Marta”. La “Srta. Marta” era su proyecto más ambicioso, y a la par, su entretenimiento favorito: Henry también tenía la cualidad de entretenerse con cualquier cosa. La construyó en 14 días y 457 meses y su estupendo cuerpo comprendía un corazón enorme, dos bellísimos ojos, una vagina “constrictor”, unos pechos turgentes (y enormes), unas manos suaves y tersas, un pelo sedoso, una boca sensual y dulce, unas piernas de infarto y un cajoncito para guardar las llaves del coche. Intencionadamente, Henry la quiso no dotar del órgano más importante de todos, un cerebro en condiciones. Claro está, la “Srta. Marta” no sería jamás capaz de multiplicar 4 por 7, ni sabría nunca la capital de Tailandia, ni distinguiría en absoluto un alcornoque macho de su propio culo (que, ni que decir tiene, era respingón, provocativo y juguetón).

Todo eso parecía que a Henry no le importaba en medida alguna, siempre que ella no tuviera que practicarle una operación a corazón abierto. Tampoco podría hacerle nunca la declaración de la Renta, lo que ya le fastidiaba un poquito más. Henry se alegraba no obstante de haber erradicado el concepto “Rebajas”, ya que en su infinito aburrimiento intelectual, la “Srta. Marta” tampoco podría descargarse ejerciendo tan poco económica práctica.

Ante un ser tan perfecto, Henry no pudo más que proponerle matrimonio, al que ella aceptó: se casaron en abril, cuando hacía mejor tiempo, y al enlace asistieron todos los primos, tíos y amigos del novio. Por parte de la novia se pudo ver a un fox terrier con muy malas pulgas. Se gastaron una fortuna en el vídeo de boda y cortaron la tarta con la célebre navaja que Henry utilizó para matar a 4.678.499 mujeres. Sin duda, un acto simbólico en toda regla.

Al año de casados, ella ya era la dueña de la casa: no sólo realizaba las tareas que Henry Singular odiaba estando soltero (como fregar el baño, limpiar los platos y barrer el suelo), sino que también era capaz de cambiar bombillas, echar tabiques abajo, cronometrar carreras de cucarachas o descifrar códigos binarios encriptados en los bidones de detergente. En ese momento, justo en ese y no en otro, Henry se dio cuenta de que vivía con un autómata: nada diferenciaba a su mujer de una batidora, lo que le comenzaba a importunar. ¿Era esta la vida que él quería? ¿Era esto por lo que él tanto había luchado (y asesinado)?

Tomó una decisión: “Le daré un cerebro”, se dijo, “una mente para las matemáticas y unas ingles para el divertimento; es injusto para ella: es maravillosa la sensación de tenerla sometida, pero es triste ver como no puede articular ni una sola palabra sin llorar antes durante 46 minutos exactos de reloj”. Y así lo hizo: con dos folios tamaño DIN-A4, un escalpelo y el ojo de un sapo recién nacido, construyó un bulbo raquídeo en condiciones, listo para ser utilizado. A partir de ese momento, todo fue diferente: la alegría envolvía cada rincón de su casa, mantenían interesantísimas conversaciones sobre filosofía, escudriñaban con afán el intenso rencor que se profesaban ciertos filósofos, analizaban la pintura barroca en todas sus etapas y descubrieron que la música de Mozart y la de Amadeus guardaban misteriosas similitudes. Todo acabó siendo tan diferente, que ella le abandonó por un perito agrónomo de tercera generación que coleccionaba pelo de mapache en sobres americanos. Eso sí: desde que dispuso de un cerebro, nunca jamás se le resistió una raíz cuadrada.

Otra vez volvió Henry a sumirse en el desaliento del fracaso amoroso,
pero esta vez,
y gracias a su cualidad de aprender siempre algo de todo lo que le pasaba,
con una importantísima lección asimilada:

“Nunca podrás saber nada que no lo sepa antes una dama”.

EL AZOTE DEL GÉNERO FEMENINO / 2

April 10th, 2008 by davidbombai

Ahora esta historia debería dar un giro y continuar con un “Pero un día se topó con una mujer que no representaba peligro alguno y a la que no sabía en qué cajón archivar”, pero entonces pasarían dos cosas: 1) se acabaría este cuento y 2) lo que es peor, se acabaría con un final feliz. Evidentemente, Henry debería enamorarse de la mujer que no entrara en sus siniestros esquemas. Sigamos un poco más hablando mal de las mujeres: al fin y al cabo, Henry también tenía la maravillosa cualidad de olvidar las cosas que no le interesaban.

Como su afán vengativo no conocía límites, se propuso a sí mismo acabar con todas las mujeres, y hacerlo literalmente. Quería exterminarlas, borrarlas de la Historia (así, con mayúsculas) definitivamente, de la pasada y de la presente. Que su existencia no hubiese sido más que un rumor lejano. Tal era su rechazo hacia las féminas. Ideó un plan infalible: acabar con las épocas de rebajas, lo que provocaría un colapso tan grande en sus cerebros que las fulminaría en el acto. Se puso de acuerdo con las mayores cadenas de multimarcas para que eliminaran de sus promociones dicha acción de marketing… y lo consiguió. Eso sí: tuvo que convencerlos de que en vez de “Rebajas” le pusieran otro nombre, por ejemplo “Casualidades”, lo que confundió tanto a las damas que comenzaron a no ir de compras en esas fechas tan señaladas. Con lo que no contó el pobre Henry Singular fue con que a él tampoco le harían descuento en sus pantalones de pana, lo que le molestó sobremanera. Sin embargo, cualquier sacrificio era aceptable si con él desmembraba a la civilización de tan aberrante y perfumada especie.

Y, en efecto, una a una fueron cayendo, desplomándose en el suelo como hermosos sacos de patatas. Quizás más que la no existencia de las rebajas, lo que les molestaba era que Henry las acuchillara con una navaja de carnicero y quizás (sólo quizás) esa era una razón mucho más evidente que explicaba per se el progresivo exterminio del género femenino sobre la faz de la Tierra.

Henry recorrió los siete mares y los millones de países, descuartizando, acuchillando, mordiendo, tiroteando y aniquilando a cualquier mujer adulta, joven o niña que fuera encontrando a su paso. Muchos podrían pensar de él que era un vil asesino, pero su cualidad para convencer a la policía de cualquier cosa que se le antojase conseguía que su práctica genocida fuera bien vista a todos los efectos.

Ni que decir tiene que (ahora sí) un buen día se encontró con la mujer que borraría de un plumazo su concepción de las hembras… pero no sería en esta década, ni tampoco en esta centuria. Henry siguió dilapidando el recuerdo de que alguna vez hubo alguien, con cintura esbelta y montura de gafas de color rosa, que nos hacía perder la cabeza, las llaves y hasta algún tren de cercanías. Batallones de hombres solteros marchaban felices e ignorantes: ¿era cierta esa leyenda urbana de que había en algún lugar un par de mechones rubios que podrían obligarle a uno a arrodillarse para pedirlos en matrimonio?

Por supuesto que no: Henry ya se encargaba de que esa leyenda no fuera cierta. Seguía con sus conferencias, con sus relatos sesgados, con sus historias para no dormir y con sus piruletas de menta (esa era otra cualidad: comer tantas como se le antojara), siempre desmintiendo cualquier teoría o pregunta que situase a un ser con hermosos pechos y anchas caderas al otro lado del cristalino espejo.

(CONTINÚA…)

EL AZOTE DEL GÉNERO FEMENINO / 1

April 8th, 2008 by davidbombai

Nuestro Henry Singular era uno de esos hombres que siempre lo saben todo. Uno así como Winston Churchill, o como Albert Einstein, o como el profesor de matemáticas de la escuela. Gente lista, pero no tanto. ¿Sabría Albert Einstein la respuesta a por qué le pegaba ese chico alto y fuerte de 2º C con el que nunca cruzó una palabra y sí un sinfín de puñetazos? ¿O acaso Churchill encontró alguna explicación a por qué las mujeres siempre lo abandonan a uno cuando más enamorado está? Henry era un erudito, un hombre perfecto en su campo, pero un ignorante en los campos de los demás. Era un escritor de éxito, con tantos premios como dedos tienen los habitantes de Wisconsin; pero le faltaba picardía, y chispa, y mala uva. Le faltaba ser más malo. O, por lo menos, serlo algo.

En cambio, para compensar, Henry tenía un don de valor incalculable: podía recitar de memoria cualquier anuncio que viese por televisión. Lástima que al ser un erudito de pro, no tuviese ningún receptor en casa, por lo que su don últimamente se veía bastante mermado. En cambio, Henry desarrolló la capacidad de volar, lo que lo hacía casi tan especial como por su don de recordar eslógans.

En uno de sus viajes, conoció a Sarah, una dama de bellas piernas y horrendas maneras, que lo sumió en una depresión el día que decidió abandonarlo por otro hombre: su contrincante era un ser que podía medir cualquier distancia a ojo, sin equivocarse en un solo milímetro. Henry buscó y buscó a su amada durante siglos (todos los que le permitió su inmortalidad, otra cualidad que descubrió mientras fregaba las rayolas de la cocina), hasta que consideró que ninguna mujer, por hermosa que fuera, merecía dedicarle tanto tiempo. Podríamos decir que Henry Singular se convirtió en un misógino. Una pena.

La misoginia es esa cualidad que tienen algunos hombres para despotricar de las mujeres, sin que parezca machismo. Henry se hizo un experto en ese arte, todo lo que su coeficiente intelectual de 490 le permitió. Daba conferencias, asistía a reuniones (siempre como el invitado de honor), escribía libros, relatos y cuentos absurdos, redactaba memorandos y coleccionaba sellos, todo relacionado con su profundo odio hacia el género femenino. Y durante todo el tiempo que le dedicaba, jamás se le pasó por la cabeza que pudiera estar equivocado.

“No valen la pena”, se decía. Así, en general.

Una tras otra las iba rechazando y catalogando: “Tenemos a la mujer de bellos ojos y corazón de hierro; tenemos a la “mujer elefante” que te pisotea sin miramientos; tenemos a la “mujer esquizoide” que te apabulla con gritos sin saber la causa; tenemos a la “mujer interesante” que te utiliza para sacarte la sangre y vaciarte la cuenta corriente…”. Llegó a tener más de 4.000 especies de mujeres distintas, cada una de ellas con su idiosincrasia particular, ninguna de ellas apta para ocupar un lugar en su atribulado corazón.

(CONTINÚA…)

NO ENSUCIAR EL SALPICADERO CON LÁGRIMAS / y 2

April 7th, 2008 by davidbombai

- ¡Ven!

-¡No!

Así, siempre. Siempre que enciende un fuego. Se quema. No lo puede evitar, se le da muy mal ser una girlscout. Si ella está hecha para encender algo es la vitrocerámica, y también para poner en marcha el aparato de DVD, y para contar las estrellas desde su balcón; pero no para vagar por esos mundos, cazando conejos para comer y cocinándolos con fuegos improvisados. Eso no va con nadie, piensa. Bueno, quizás con los aventureros. Pero sólo con los grandes. Marco Polo y esos. No con Cristóbal Colón, porque ella cree que era un hombre con un peinado horrible y eso no es sexy. Marco Polo, ese sí; con su melena al viento, embadurnada de papaya china y de mangos, olorosa. Un primor.

- ¡Ven!

-¡No!

Así, siempre. Eso es lo que ella le dice a los que consideran que es superficial. ¡No lo soy!, les grita. Y es verdad, cada uno es como es. Su marido es un idiota y nadie le ata a la cama y le acribilla con una metralleta, ¿verdad? Aunque se lo merezca y ella sepa cómo y cuándo hacerlo. A decir verdad, ahora mismo le está apuntando y como las cuerdas están bien sujetas, será muy difícil que se escape. Pero, en el último segundo, piensa… ¿Por qué? ¿Tanto le odio?… Sí. Y dispara una ráfaga interminable de violentos y finales besos de la muerte.

- ¡Ven!

-¡No!

Así, siempre. Siempre que tiene un sueño, acaba matando a alguien. Se despierta diciendo: “He soñado que mataba a mi madre, y a mis hermanas, y luego me tiraba por la ventana”. Se despierta y se da cuenta de que la vida es bastante bella, no tanto como en la película del italiano chillón, pero lo suficiente como para no volarse la tapa de los sesos cada vez que se despierta. Piensa: “Un momento… Creo que soy feliz”, y continúa con su camino. Llega a Brasil, y luego hasta más allá; hasta la luna, y luego hasta más allá, a planetas desconocidos con nombres que jamás sabremos pronunciar. Llega a un lugar desierto, un lugar sólo para ella, un lugar puro, blanquísimo, como un pañuelo casi, como una sábana, o como un pañuelo y una sábana juntos, recién lavados con lejía, en la misma lavadora, mezclados, oliendo a lavanda o a lo que sea que huelen las cosas blancas que se lavan juntas. Un lugar remoto, incivilizado, vacío de gente y de anuncios de publicidad. ¿El paraíso? Un lugar donde la pasta siempre se cocina a la carbonara y en donde el atún no se acaba nunca. Un lugar en el que Marlon Brando sigue haciendo películas y las rosas huelen a golosina y las golosinas a agua de rosas y el agua a leche y la leche no huele a nada, o sea, a agua. En definitiva, un lugar sólo para ella… Aunque creo que eso ya lo había dicho.

- ¡Ven!

-¡No!

Así, siempre. Él la mira, le dice que suba al coche, que nunca más será tan poco comprensivo y ella asiente. Sube al coche. Él le recuerda que la quiere y, sonriendo, en broma, le aconseja no ensuciar el salpicadero con lágrimas. Ella se tranquiliza, vuelve a confiar. Sí. Pero el boleto de lotería continuará a buen recaudo: cualquier día puede que tenga que utilizarlo.

NO ENSUCIAR EL SALPICADERO CON LÁGRIMAS / 1

April 5th, 2008 by davidbombai

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Marido y mujer. Uno para el otro, en la riqueza y en la pobreza. Pero resulta que ahora la mujer ha ganado la lotería y como no la quiere compartir (y no tiene por qué) con su amante esposo, pone los pies en polvorosa. Polvorosa es la casa de verano del amigo común Johnny, que no dudará en acostarse con la mujer si esta se aviene. Y se avendrá, pero en el 2047, cuando ya nada de lo que ahora estoy contando importe. ¿De acuerdo?

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Sin descanso. La mujer en Polvorosa no lleva una vida muy alegre, más bien al contrario: allí su vida es extraordinaria. Se levanta cuando deja de tener sueño, se acuesta cuando se le cierran los párpados. Johnny no le molesta porque hasta el 2047 no interesa para nuestra historia. En Polvorosa, la mujer, y cualquier mujer, y todas las mujeres del Planeta Tierra, es y son feliz y felices. No hay otro calificativo posible. A no ser que sea el de “infernal”: Polvorosa es un sitio aburrido que ha perdido todo el interés para una mujer recién independizada con millones y millones de billetes en los bolsillos de su falda de terciopelo azul, como la canción, y como la película también. Y como en la película, pero quizás no como en la canción (salvo en la versión portuguesa), la mujer encuentra un hermoso pabellón auditivo, o peor dicho, una oreja, o peor aún, un orejón, con un no menos hermoso pendiente de oro blanco. La oreja díscola no es muy importante, todos nos hemos topado con una alguna vez (de hecho, siempre es la misma), pero el pendiente, ¡ah, el pendiente!… Pues tampoco, la verdad, porque un pendiente huérfano ya me dirás tú para qué sirve. ¿Y dónde está ahora nuestra protagonista? No lo sé.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Y acaba viniendo, porque tengo que continuar explicando su historia, que por incongruente, no deja de ser menos cierta. Recapitulo: la mujer se aburre, como cualquiera lo haría, en Polvorosa, la hermosa mansión de Johnny, el fornido futuro amante, que vuelve a su hogar y lo encuentra todo revuelto. ¿Ha pasado un huracán? No, simplemente una mujer desordenada, que también las hay, y muchas. Aunque huelan bien, ensucian más. Y ahora el pobre, con lo macho que él es, tendrá que limpiar su casa durante dos días con sus dos noches y sin cantar, porque los machos no cantan ni cuando tienen que limpiar. Y mucho menos en francés.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Pero, a veces, no. Y cuando no, es difícil no hacerse el interesante, que es como decir que las rosas son rojas y el cielo es azul porque Charles Darwin se equivocó de profesión. ¿Y qué es una profesión sino una equivocación? Trabajar es el gran error de la humanidad: con lo divertido que es ganar dinero sin hacer nada. En eso piensa la mujer ahora que está pornográficamente forrada: de las tetas a la vagina, toda ella con un precioso vestido corto hecho con billetes de 20 dólares.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Buscando una explicación a su desdichismo, que aunque sea una palabra que no existe, no por ello hace que la dama sea menos desdichada. Una gran tragedia. No griega, pero tragedia al fin. Con muertos y con disparos de cañón y con un final lleno de lágrimas de cocodrilo y de locos con bocinas atronantes (de ellos estaban plagadas las grandes tragedias clásicas). Pues eso, desdichada hasta el tuétano. ¿Y por qué? Ahora lo sabremos. No cambien de canal.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Este es todo el diálogo que hay en la historia. La mujer no quiere venir porque sabe que el hombre volverá a cortarle las uñas de los pies sin su consentimiento, algo que nadie debería permitir nunca (y menos si se hace rápido y bien). Pero mucho peor si se hace regular. No, no hay solución. Inadmisible. Por eso ella huye; porque se siente atrapada por un marido posesivo que le corta las uñas y limpia la casa y la quiere como nunca ha querido a ninguna antes y la cuida hasta lo impensable. Y que le quiere arrebatar todo el dinero, sí, eso también.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Claro. Así siempre. Por eso ella ha de huir bien lejos, con su fortuna. Y llega a Dinamarca; pero a la del siglo XXXI. Mira tú si ha llegado lejos. Ya no hay nadie en ese siglo (y menos en Dinamarca, donde no hay nadie ya ahora): está sola, completamente, a veces, y quizás también, no completamente sino un poco. Se compra un barquito para navegar por ese Mar del Norte vacío. Ningún pesquero cazador de ballenas que se interponga en su camino. Ni hombres, ni mujeres, ni zapatos viejos, ni ballenas, claro (las debieron de cazar todas, piensa feliz). Pero se equivoca: se han ido de copas con sus captores. Y Darwin no sabe nada de todo esto. Ni se lo imagina.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. En color violeta y en color azul. En colores bonitos, se entiende. En color negro no, porque no es un color en primer lugar, y en segundo lugar porque a ella no le gusta el negro. No la hace más delgada, la hace más triste; por eso no le gusta. Y como ella ahora es feliz prefiere el rojo, y el encarnado, y el burdeos, y el granate, que son todos, como ya puedes imaginarte, el mismo color, porque ella es una mujer de costumbres.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Siempre que sale de viaje, claro. Y como sale de Dinamarca, pues ahora también. Lo que le pasa siempre es que se marea en los trayectos largos. También le pasa con los tragos largos: se marea y luego tiene que vomitar. Viajando, igual. Y en barco, no digamos. De hecho, no, no lo digamos, porque si nos oye, se pondrá muy malita… Vaya, nos oyó. Ahí está, deshaciéndose de su desayuno y de la cena de anoche y del suculento bistec que comió esperando que llegara la hora de cenar y después la hora de desayunar. Y todo está cayendo ahora por la borda, en una grácil catarata de colores, líquidos y sabores. Para aquellos a los que no les pasa, eso es lo más divertido de viajar en barco: asistir a cuando los otros vomitan. ¡Qué bien te sientes entonces, cuando sabes que, por lo menos comparándote con ese tipo, tú estás muchísimo mejor!

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Y al salir de Dinamarca, vuelve también al pasado, a la rutina y al sinsentido de vivir. Pero el dinero cura muchas cosas (ninguna que tenga que ver con enfermedades graves) y también cura el sinsentido que pueda tener la vida, y lo convierte en un sinsentido con muchísimas posibilidades: en un sinsentido en el que puedes dormir en la mejor habitación de hotel que jamás hayas imaginado; en un sinsentido en el que conduces un descapotable a toda velocidad por el centro de Manhattan; en un sinsentido que te permite cenar en las Bermudas y dormir en París; en un sinsentido que te consigue un sinfín de amantes y acompañantes interesantes o interesados; en un sinsentido en el que eres una estrella de la canción ligera y te salen hijos por todas partes. Esos sinsentidos sí que vale la pena vivirlos, aunque sea acostado y de mal humor.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. En las carreteras pasa, ¿por qué no en los mares? La soledad. Creo que ya he hablado de ella. Hablemos de otra cosa pues: hablemos de esa mujer que atraca en un puerto, quizás Ámsterdam, quizás Londres, y comienza a caminar y se encuentra con la muerte, que le dice que la vida es larga; y con la vida, que le dice que la muerte se le avecina. Y con el diablo, que le dice que Dios no existe; y con Dios, que no le dice absolutamente nada, porque no es guapo y, además, viste muy mal. Hablemos de esa mujer que vaga por las calles de Ámsterdam o de Londres, oscuras y llenas de fantasmas, y de vampiros, y de latas de Coca-Cola, porque la gente es muy sucia y lo tira todo al suelo. Hablemos del dolor de ovarios.

- ¡Ven!

- ¡No!

Así, siempre. Llegando a casa otra vez, ella se da cuenta de que no puede vivir sin él, aunque no le quiera, y espere su muerte. Se da cuenta siempre de que no es una mala persona; pero como ella tampoco lo es, prefiere no volver con él: coge las pocas cosas que se dejó olvidadas y vuelve a la carretera, que nunca la traicionará ni la engañará con otra ni le querrá quitar el dinero… El dinero, es verdad, el dinero. ¿Qué hago con todo este dinero que gané de una forma tan poco loable como divertida? La lotería, qué gran negocio, piensa, y luego no piensa en nada porque el sueño la abate.

(CONTINÚA…)